Cultura libre para el progreso humano

En una sociedad de consumo rápido, de usar y tirar, por desgracia las ideas caducan “rápidamente”. Hace unos meses las protestas contra la “Ley Sinde”, que prohíbe el compartir obras con copyright, y contra la SGAE, organismo gestor de derechos de autor que posee el monopolio del cobro a emisoras de radio y televisión, y el control de la mayor parte de las licencias privativas culturales en España, eran habituales. Pero fueron apareciendo otros temas que capitalizaron la atención de los medios, algunos trascendentales para el país como las reclamaciones de un cambio en el sistema democrático por parte del movimiento “democracia real ya” o las elecciones locales y autonómicas, otros impactantes como el debate sobre la energía nuclear generado por la crisis de Fukushima, los levantamientos en el norte de África y Oriente Medio o, en los últimos días, la tragedia de Lorca y las dudas sobre la calidad de la construcción en las zonas que más se expandieron durante el boom inmobiliario; y finalmente temas triviales pero que han llenado muchas páginas y han distraído la atención de la gente como la prohibición de fumar en todos los bares, la reducción del límite de velocidad en autopistas a 110 km/hora o una sucesión de encuentros entre Real Madrid y Barcelona que los panfletos de la prensa deportiva se encargaron de calentar. El caso es que esto ha enterrado el debate sobre dicha ley, sobre los métodos de la SGAE y sobre los derechos de los internautas; aunque yo siempre he pensado que el verdadero debate está en un derecho mucho más fundamental.

Por desgracia la mayor parte de los que se oponen a las restricciones a la libertad de distribución de cultura por la red lo hacen por motivos pragmáticos y egoístas: sólo les preocupa que no les cierren su página de descargas favoritas para no perderse la última temporada de “Cómo conocí a vuestra Madre” o de “Big Bang Theory”; pero somos menos los que nos preocupamos por cómo gobiernos y editores mercadean con nuestros derechos y nuestra libertad. Es necesario que el movimiento por la cultura libre haga llegar estos conceptos a la gente que se opone a estas leyes por esos otros motivos, dado que ellos son los que propician los argumentos descalificadores que utilizan los editores. Esta gente tiene que entender que el acceso a la cultura es un derecho, más allá de sus intereses egoístas. Las justificaciones del tipo “la industria debe aprender a ofrecer algo más para combatir la piratería” o “los autores pretenden vivir toda su vida de un éxito puntual” no son argumentos válidos, el verdadero argumento ha de ser: “Compartir la cultura no es un delito, el libre acceso a la misma es un derecho fundamental de todos los humanos”.

Porque se habla mucho de los derechos de autor en el discurso de los prohibicionistas, pero muy poco de los derechos del usuario. De hecho el término “derechos de autor” es una gran falacia, generalmente estos derechos están en manos de los editores, que dan al autor los huesos mientras ellos se comen el solomillo. Estas leyes se crearon originalmente para luchar contra el plagio y para evitar que los editores comercializaran obras sin permiso, pero a largo plazo se han convertido en un arma para proteger los intereses económicos de los editores, recortando además el derecho que todo ser humano debería tener a acceder libremente a la cultura.

No es que crea que no es ético pretender cobrar por un trabajo relacionado con la cultura, como algunos afirman, pero sí que es un crimen pretender arrebatarnos el libre acceso a esta. Música, cine, literatura, pintura, fotografía… todos deberíamos poder acceder a esto independientemente de nuestro nivel de ingresos, aunque parece que gobiernos, editores y gestoras de derechos de autor no creen eso, y siguen empeñados en asociar indisolublemente cultura y producto, algo que podía ser cierto hace un par de décadas, pero no ahora.

No, porque la posibilidad de convertir estas obras en flujos binarios de datos nos permite tanto disociar la obra del producto como acceder a ella desde la red. Esto no acaba con el negocio, como los editores y las gestoras de derechos de autor afirman, el producto sigue existiendo para venderlo en el mercado tradicional (proyecciones en cines, actuaciones en directo, ventas en formato físico..) y se crean nuevas posibilidades de mercado (donaciones como se hizo en su día con el software libre, emisión en streaming con publicidad…), si bien esto facilita la distribución directa entre el autor y el cliente, eliminando o cuanto menos restando importancia a la figura del editor.

¿Alguien se ha parado a pensar alguna vez qué habría pasado si los derechos de autor fueran un derecho natural inherente al ser humano?¿Si siempre hubieran existido?¿Cómo se habría desarrollado la historia si todo el mundo hubiera podido restringir el acceso a sus obras desde el nacimiento de la humanidad? El compartir ideas y el libre acceso a las mismas es esencial para el avance y el desarrollo de la raza humana. Compartir la cultura, compartir los conocimientos, debería ser un derecho inalienable de todo ser humano, derecho que nos quieren arrebatar mediante leyes restrictivas hechas a medida de la Fox, Disney, Warner o Sony, los grandes imperios americanos editoriales y del sector audiovisual. Los documentos de WikiLeaks ya llevaron al dominio público las presiones del gobierno estadounidense sobre los gobiernos europeos, con el objetivo de que estos aprobaran leyes como las suyas para prohibir el intercambio de contenidos por internet.

Aunque la vida de los derechos de autor varía según los países, en la mayoría se encuentra entre los 75 años para trabajos autoeditados y 95 para trabajos por encargo. Hasta no hace muchos años esto no era así, pero la llamada “Ley Sonny Bono” de 1998 amplió la duración de los derechos de autor en EEUU, quienes pronto impondrían su criterio al resto del planeta. Incluso, cuando se empezó a debatir esta ley, hubo quien propuso convertir los derechos de autor en imperecederos (el susodicho Sonny Bono y su viuda, de hecho). Ese mismo año se aprobó la peligrosa DMCA (Digital Millenium Copyright Act) que permitía, entre otras cosas, la inclusión de dispositivos anti copia en los formatos digitales y la creación, por parte de los editores, de sus propias condiciones de copyright, todavía más restrictivas que las ya marcadas por la ley. Tras esto, la Unión Europea comenzó a crear leyes de corte similar.

Por suerte, de momento disfrutamos de un arma para combatir el copyright: el copyleft. Aunque algunos editores y gestoras (la SGAE entre ellos, y con el amparo de la ministra Sinde, que dice ser socialista pero no se sonroja a la hora de bajar la cabeza frente a los patronos de las editoras) estén intentando ilegalizarlo en varios países. Su argumento es que “podría permitir la venta incontrolada de material con derechos autor”, otra de sus habituales mentiras, como cuando manipulan el lenguaje equiparando el compartir archivos con asaltar barcos en alta mar para saquearlos y asesinar a su tripulación (porque el término “piratería” no es más que eso, burda manipulación para dar un matiz negativo a algo que no lo es). Licencias como las de Creative Commons o la GNU/GPL nos permiten hacer nuestra obra libre, para que pueda ser accedida por todo el mundo, pero protegida contra prácticas indebidas (si no licenciamos nuestra obra cualquiera podría hacer una versión y sacarla de forma privativa, prohibiendo así cualquier nueva versión futura). Gente como Michael Moorcock, Lawrence Lessig o Richard Stallman ya nos han marcado el camino, ahora la pelota está en nuestras manos y la decisión es nuestra.

Piensa en un futuro donde toda la cultura del mundo pueda ser accedida libremente desde tu ordenador, donde todos los libros que se han escrito y escribirán, toda la música que se ha grabado, todas las películas que se han filmado, todas están a tu alcance, a un sólo click de distancia. Y piensa ahora en otro futuro donde toda esa cultura también está a sólo un click, pero previo pago a editores y gestoras mediante iTunes. La batalla que decidirá si vivimos en un futuro o en otro se está librando ahora y nosotros somos la infantería de la contienda, no olvidar esto y actuar en consecuencia, tener la convicción de que lo que está en juego es nuestra libertad frente a los privilegios de unos pocos, ha de ser la primera de nuestras armas.

Hasta siempre Ronnie

La siguiente entrada es el artículo de este mes del TNT-News, pero decidí esperar a que se hubiera cumplido el aniversario de su muerte para subirlo aquí.

¿Dónde estabas durante el 11-S? Es una pregunta típica que se hacen los yankees desde que el skyline neoyorkino quedó despojado de uno de sus monumentos más emblemáticos. Otros nos preguntamos ¿dónde estabas cuando murió Dio? Recuerdo que cuando vi la noticia en Blabbermouth, enlazada desde un Facebook no me lo creía. No es que fuera algo improbable, el hombre tenía un cáncer de estómago, algo de lo que es muy difícil salvarse y más a los 67. Lo que me parecía increíble era que se muriera una semana después que Frank Frazzetta. Si una gran parte de la banda sonora de mi vida la había grabado Dio, la obra pictórica que la ilustra corrió a cargo del señor FF, con sus inolvidables y épicas portadas, pin ups y comics. Cuando una semana empieza con la muerte de tu dibujante favorito y acaba con la de tu vocalista favorito puedes decir sin duda que se trata de una semana de mierda.

Ahora que casi ha pasado un año parece un buen momento para hacer una retrospectiva de la carrera de Dio, una persona que dedicó más de 50 años a la música. Porque cuando conoció el éxito en los 70, al lado de Richie Blackmore, no era un pipiolo empezando su carrera, sino un músico con una trayectoria sólida en el rock and roll. Según sus biógrafos Ronnie empezó a tocar la trompeta a los siete años. A los catorce, cuando los años ’50 todavía no tocaran su fin, Ronald James Padavona (su verdadero nombre) ya comenzaba a dar sus primeros pasos en la música, formando parte de diversas agrupaciones de rock y soul que apenas lograron impacto fuera de pequeñas escenas locales, tanto como trompetista como ocupándose de las voces.

Ya en los ’60, y reconvertido en bajista/cantante, logró un cierto impacto en los EEUU con The Elves, banda con la que intentaban hacer un sonido blues rock endurecido, similar al que en aquel entonces triunfaba en el Reino Unido y con los que, irónicamente, hacía una versión del War Pigs de los Sabbath en directo. De The Elves salieron ELF, y su éxito aumentó. Haciendo equipo con su sobrino David ‘Rock’ Feinstein (el cual en los 80 formó los infravaloradísimos The Rods) lograron un cierto éxito en EEUU y consiguieron girar también por Reino Unido, teniendo ahí su primer contacto con Richie Blackmore al telonear a Deep Purple, y participando en el Butterfly Ball de Roger Glover. Pero su gran momento llegaría mediada la década de los 70. Ahí decidió adoptar el nombre artístico de Dio, según contaba en una entrevista inspirado por un antiguo mafioso italiano de Florida.

En medio de una gira con el MKIII de los Purple, Blackmore decide grabar un par de temas, que habían sido desechados por sus compañeros en Deep Purple para el Stormbringer, contando con el batería Cozy Powell y completando la banda con los miembros de Elf. Esos dos temas, “Black Sheep of the Family” y “Sixteenth Century Greensleeves”, fueron bien recibidos por el público, llevando finalmente a Blackmore a dejar Deep Purple para formar su propia banda. Al no poder contar con Powell, que tenía fechas pendientes con Jeff Beck, Blackmore acaba completando la primera formación de Rainbow con los músicos de Elf. En agosto de 1975 ve la luz el primer trabajo de Rainbow, donde la mezcla de música clásica con rock duro de Blackmore y las letras de fantasía, filosofía oriental y ecologismo de Dio logran hacerse un sitio en una época donde el rock and roll pasaba por un momento de forma irrepetible. A partir de ahí el resto es historia de sobra conocida, fantásticos discos con Rainbow, su corta pero inolvidable primera estancia en Black Sabbath, sus primeros discos en solitario con gran éxito en los 80, su efímero regreso a los Sabbath a principios de los 90, unos años de menor repercusión en una mala década para el heavy metal más clásico y un retorno a la primera fila del heavy en la primera década del siglo XXI, con un tercer regreso a Black Sabbath esta vez bajo el nombre de Heaven and Hell (por obra y gracia de Sharon Osbourne).

Siempre he pensado que la carrera de Dio en solitario es totalmente contraria a la de Ozzy. Mientras que el segundo siempre fue un vocalista mediocre que supo rodearse de grandes acompañantes, quizá Dio pecó de no haber querido tener cerca a músicos que le hicieran sombra. Sus mejores obras siempre las completó cuando dejó que su talento se sumara al de otros grandes (Powell y Blackmore, Butler y Iommi…) y muchas veces, sobre todo a partir de finales de los 80, su exceso de individualismo lastró la calidad de sus discos. Fue una carrera musical con altibajos tanto creativos como comerciales, pero fue una carrera coherente, digna y honrosa. Conservó su voz hasta sus últimos meses, cuando la enfermedad le obligó a retirarse de los escenarios, y nunca fue un títere de las radios y las televisiones, nunca intentó subirse al tren de lo que triunfaba, sino que siempre apostó por hacer la música en la que creía, algo que no todos podemos decir.

Por todo esto, hasta siempre Ronnie.

Johnny y Lemmy

House ha sido una de las series televisivas más exitosas de la primera década del siglo XXI. Realmente el argumento de los capítulos no es demoledor: llega un enfermo, casi lo matan varias veces dando palos de ciego mientras le intentan diagnosticar una enfermedad extremadamente rara y, al final, le curan porque House, en alguna conversación trivial, descubre la clave. Hay algún capítulo, con director invitado, que rompe esta tónica, pero mayormente esto es lo que hay. El éxito está en el personaje de House, magistralmente interpretado por Hugh Laurie. A todo el mundo le encanta House porque hace lo que le da la gana, dice lo que le da la gana y no le importa lo que los demás piensen de él. Si House fuese un personaje real, la gente diría “es auténtico”, y hasta los que odian al personaje se sienten atraídos por él.

House salió de la mente de Bryan Singer y un grupo de guionistas, pero el mundo de la música nos regaló dos personajes reales tan auténticos como él: Lemmy y Johnny Cash. El primero es el gran icono del rock and roll, el segundo fue la cara menos amable de la música americana. El primero, con 65 años, puede decir que ha llegado a la edad de jubilación tras sobrevivir a una vida de exceso, drogas, sexo y rock and roll; el segundo nos dejó hace unos años tras haber logrado exorcizar a los fantasmas de las drogas, el alcohol y los antidepresivos y haber logrado resucitar, de la mano de Rick Rubin, su agonizante carrera con cuatro discos intimistas, crudos y oscuros: los American Recordings.

Ambos han influenciado y han sido admirados tanto por gente que se crió con su música como por sus contemporáneos. Ninguno inventó nada, pero ambos, con sus particulares y graves voces, se convirtieron en maestros de sus respectivos estilos. Ambos tenían un estilo propio, personal, muy marcado. Ambos son iconos.

Mike Inez decía que el funeral de Lemmy será como el de un jefe de estado, una convención de gentes del rock and roll rindiendo homenaje al más auténtico rockero. Recuerdo la sucesión de sentidos homenajes hacia Johnny Cash cuando murió. No levantó el mismo revuelo de fans deprimidos y la misma atención mediática que la muerte de Michael Jackson, pero la superó con mucho en la cantidad de músicos que participaron. Desde Bob Dylan a Glenn Danzig, de Trent Reznor a Chris Kristofferson, del propio Lemmy a Alice Cooper, todos decían que no había existido nadie como Johnny Cash, el hombre que rompió un cheque de 10.000$ porque pensó que el cajero del banco le estaba tomando a pitorreo, al decirle que no tenían “cash”. Dos individuos que deberían ser estudiados tanto por psicólogos como por sociólogos.

Muchos son los iconoclastas que viven obsesionados con tumbar a estas dos leyendas, que se pasan el día tachándoles de “adictos endiosados”, de “poco virtuosos” y de tener “poco registro vocal”. Dicen que son leyendas por el mero hecho de ser quienes son, sin plantearse que si son quienes son es porque, como músicos, han hecho méritos suficientes y que son leyendas porque, junto a sus méritos musicales, están sus arrolladoras personalidades. Siempre han hecho lo que han querido, como lo han querido, y mejor que la mayoría, algo que despierta tantas envidias como fanatismos. Músicos como Duff McKagan, Jim Heath, Dave Navarro o Dave Grohl son buenas muestras de la influencia de la influencia de estas dos personalidades. El propìo Steve Vai, uno de los guitarristas más virtuosos de las últimas décadas, ha mostrado públicamente su admiración hacia ambos.

Y es que en esta sociedad sin cafeína, sin nicotina, baja el sal y con 0% de materia grasa, donde el cine y la música son tan artificiales como los muebles de Ikea y la comida que plaga las neveras de los supermercados, donde afrontamos cabizbajos una nueva forma de esclavitud que nos impone el modelo económico, como ratas en una carrera contra el muro obsesionados con el crecimiento económico, ya no aparecen músicos carismáticos. No es que ya no existan, es que nadie les da bola. Al final The Monkees han acabado por ser la norma, y gente como Lemmy o Cash las honrosas decepciones que siempre nos recordarán que, aunque nazcamos para morir, el viaje lo decidimos nosotros, y no debería hacerlo nadie más.

Magia en el rock and roll

Cuando Deep Purple, con su MKIII grababan Stormbringer, disco que siempre he creído esencial e infravalorado, dos temas de Richie Blackmore fueron rechazados. Hoy recordaba este hecho escribiendo una paginilla para el fanzine del pub TNT sobre la trayectoria de Ronnie James Dio. Cuando aquellos Purple preparaban el segundo disco de la era Coverdale/Hughes, seguramente la mejor dupla de vocalistas que han militado juntos en una banda de rock and roll, Richie Blackmore, el legendario hombre de negro, les enseñó dos temas a sus compañeros que no acabaron de convencerles: “Black Sheep of the Family” y “Sixteenth Century Greensleeves”. No se qué virus afectó al oído del resto de miembros de la banda, ni cuánta tensión podría haber entre ellos, para que decidieran que esas canciones no merecían aparecer en el disco, manteniendo en cambio temas como “Love don’t mean a thing”, “The Gipsy” o “You can’t do it right”. El caso es que gracias a esto Blackmore decidió probara grabar los temas con otros músicos, lo que en pocos meses acabó llevando al nacimiento de una de las formaciones más legendarias del rock de los 70, los Rainbow, una banda que tenía magia en su música.

Sí, magia. A veces suena un poco bucanero decir lo de magia, pero los que conocen esta década en profundidad, los que se han repasado y disfrutado los primeros discos de Toto, los clásicos de Kansas, el MKIII de los Purple, la primera época de Magnum, los momentos más folkies de los Zeppelin o los discazos monumentales de Jethro Tull y Blue Öyster Cult. Bandas que sabían hacer arreglos barrocos sin tener que plagar sus temas de orquestas midi pregrabadas. Grupos que evocaban pasajes literarios de Moorcock, Philip K. Dick, Arthur C. Clarke o Tolkien sin caer en las burdas dragonadas con las que nos torturó el metal italiano de la segunda mitad de los 90. Grupos con regusto a ilustración de Frazzetta, bandas sonoras de muchas tardes sosegadas de lectura o noches de camaradería, mientras resbalan por nuestras gargantas litros de fría cerveza o dorado bourbon.

Suena a tópico, pero ya no hay bandas así. La gran mayoría asimilan mal la influencia de la literatura y el cine fantástico, caen en lo recargado, en los excesos de material pregrabado, en letras de patio de colegio que parecen escritas a golpe de tirar un D20. En los últimos años sólo un par de bandas nuevas me han transmitido esa misma sensación de total evasión a través de su música: Grand Magus y Witchcraft. Sobre todo los segundos. Cuando escuché su “If crimsom was your colour”, del The Alchemist, recibí una de esas grandes alegrías que de vez en cuando nos da esa caprichosa y esquiva amante llamada rock and roll. Fue escuchar esas guitarras y sentir mi mente cabalgando a lomos de un dragón por una angosta garganta, sobre un rojo desierto extraterrestre, rodeado de negras cascadas iluminadas por un mortecino sol entre oscuras nubes de humeante azufre. Una música que hace volar tu cabeza y tu alma como los guitarrazos de Hendrix, Uli Jon Roth o el Clapton más genial de los Cream. Como cabalgar por un paisaje de Whelan o Frazzetta, como las ilustraciones de Corben basadas en los poemas de Poe y Lovecraft.

Porque si hay algo que hace tan especial esta música es su capacidad para hacernos soñar, para quitarnos de la cabeza nuestros problemas, para seguir sorprendiéndonos cuando creemos que ya lo hemos visto todo. Y porque de una discusión y dos temas descartados puede nacer una banda que se convierta en la banda sonora de muchas vidas.

Robbo el indomable

Tras el bajón de la marcha de KK Downing el otro día al fin el rock and roll me da una buena noticia. Nuevo disco de Brian «Robbo» Robertson. Si este nombre no te dice nada el rock and roll no es lo tuyo, no te preocupes, hay muchas opciones, tienes el metal mainstream o el pop gafapasta, pero definitivamente si no conoces a Robbo es que esto del rock and roll no te va.

El caso es que desde que dejó Motorhead allá por el ’84 el hombre no ha sido muy prolífico. Un disco  en una onda más bluesy a mediados de los 90, una colaboración hace un par de años con The Bitter Twins y su aparición en el homenaje a Phil Lynott que se montó Gary Moore allá por 2005 con varios ex-Thin Lizzy. No hace mucho todavía comentaba con un amigo «¿Qué sería de Brian Robertson?».

Había oído rumores de que el hombre había sucumbido a su alcoholismo, y otros que apuntaban a que su carácter agresivo e indomable le había enviado al hospital con graves lesiones, pero parece que el escocés, un ejemplar de pura raza rockera macarra de los 70, vuelve a estar activo. Se ha rodeado de Ian Haugland (Europe) a los parches y Leif Sundin (ex MSG) encargado de las voces junto a una corista y al bajista de Therion, que sólo toca en algunos temas.  Todavía no lo he escuchado entero, la verdad. De momento sólo los dos primeros temas y una versión del Running Back de Thin Lizzy, pero la cosa apunta a que esto no tiene nada que bar ni con Thin Lizzy, ni con Wild Horses y ya ni muchísimo menos con Motorhead. Temas muy melódicos y elegantes en un disco que mezcla AOR con tintes de rock inglés de finales de los 60. Desde luego no es tan agresivo como uno podría esperarse, siendo un disco del tío al que echaron de Thin Lizzy por ser un broncas y de Motorhead por borracho (a Lemmy no le debía hacer gracia que alguien de su grupo trasegara más whisky que él), pero su buen gusto a la hora de tocar parece que sí sigue intacto, con unos solos que destilan elegancia y saber hacer de la vieja escuela. Por el resto del set del disco he podido ver que hay alguna versión más de Thin Lizzy, algún tema coescrito con Phil Lynnot (por lo que deben llevar compuestos desde hace más de 25 años) y algún otro escrito con Frankie Miller.

Siempre he pensado que si hubiera sido capaz de controlar su carácter (y su muy escocesa pasión por el dorado licor) podría haber llegado a ser tan grande como Gary Moore, pero Robbo siempre fue indomable, tan genial e innovador en su momento como conflictivo, egocéntrico y alcohólico.

No Downing is a Downer

Bajonazo rockanrolero today. Dicen en Radio Macuto que KK deja de los Judas, y debe ser cierto porque su web oficial lo corrobora. La de Downing no la he mirado porque así sigo con mi ilusión de no creérmelo, pero parece que el rubiales que toca la guitarra en la banda de Lauren Harris (la hermosa y poco talentosa hija de Steve Harris) va a ser su sustituto. ¿Y qué sentido tiene ahora la gira de despedida? La gracia era ver a la formación «clásica» (bueno, realmente la formación Painkiller, pero hay que reconocer que Scott Travis es el mejor batería que ha pasado por los Judas) girando por última vez, pero ¿sin Downing?, si era el más en forma de los Judas. El cabrón con casi 60 añazos se mueve por el escenario más que yo con 26 (claro que ellos suelen tocar en escenarios más grandes que los que me tocan a mi, y no tienen que comerse el montaje previo y el desmontaje y carga posterior), sin contar que en sus pantalones a mi no me  cabe ni la pierna derecha. Pero se va, y no le voy a criticar, si tras todo este tiempo el hombre ha decidido que no tiene ganas de seguir, en su derecho está.

Su carrera es intachable, desde que hace 41 años vio la luz la primera formación de los Priest (con Al Atkins en las voces) siempre ha sido un músico honesto, profesional y dedicado. Supo evolucionar y hacer muchas cosas sin apartarse del espíritu de su música y siempre destiló muchísima clase junto a su inseparable compañero Glenn Tipton, formando la mejor pareja de guitarristas del heavy metal.

Y ahora ese mágico matrimonio de talento se rompe.  Las dos hachas del heavy metal no van a sonar juntas again, y nosotros nos lo perdemos, sobre todo los que estábamos ilusionados por ese triple cartelazo este verano: Motorhead, Saxon y Judas Priest, junto con Rainbow y Black Sabbath mis grupos favoritos. Pero sin Downing no va a ser lo mismo. Seguro que el chaval este lo hace muy bien, sin duda, pero no es KK. Era la última gira y queríamos disfrutar por última vez de la magia de esos dos ases de la guitarra, de la voz del tito Rob, que ya no es lo que era pero sigue teniendo momentos en los que te pone los pelos como escarpias, de la postura de estar bailando un chotis de Ian Hill con su bajo de cuerdas negras (coño, ¿hay algo más heavy que llevar un bajo con cuerdas negras?) y del fibroso Travis tras los parches, el metrónomo humano. Supongo que por motivos de contratos a estas alturas lo de cancelar la gira no es posible. Sería lo más honrado pero habrá mucha pasta de por medio, y los colegas querrán hacer caja por última vez para darse una jubilación dorada, tumbados al sol en Miami, Duvrovnik,  Canarias o Mallorca (de hecho el KK tiene una casita en Marbella, por lo que me han comentado) que el frío, la humedad y el humo de las siderúrgicas de su Birmingham natal es un buen caldo de cultivo para hacer un metal cabrón, rabioso, de clase obrera cansada de su trabajo y con ganas de desconectar el fin de semana, pero para las articulaciones, el reuma y los palos que da el tiempo pues todos los gallegos ya sabemos que no es lo más agradable.

En fin, espero que este adiós sea un hasta luego, y que nos regale una última muestra de su talento en forma de disco en solitario, como ya hizo Tipton hace una década. Yo mi próxima cerveza me la tomaré a la salud del viejo KK, y de todas las horas de rock and roll con las que ha alegrado mi vida.

El ocaso de los dioses

Este artículo fue originalmente publicado en el fanzine del Pub TNT (Santiago de Compostela) en abril de 2011. Si mi colaboración con el mismo continúa iré subiendo por aquí los artículos que vayan apareciendo. En fin, espero que lo disfrutéis.

El ocaso de los dioses:

Con la venia de sus señorías, y ahora que se acerca el primer aniversario de la muerte de Dio, me permitiré hablar en esta primera columna sobre el fin de una era que, indefectiblemente, se acerca.

No podemos quejarnos y llorar, sabíamos que pasaría. Las bandas que empezaron a forjar su carrera en los 70 empiezan a acercarse a la jubilación: los Scorpions y los Judas este verano hacen sus giras de despedida, y se comenta que dentro de no mucho les seguirán los AC/DC, o por lo menos el albañil Brian Johnson, al que los años y el cáncer de garganta sufrido hace un lustro empiezan a pesar demasiado. Se ha confirmado que para 2012 habrá gira de Black Sabbath con Ozzy a las voces, también con tintes de adiós. Y aunque para algunos no es plato de gusto aceptarlo, no serán los únicos. Esta segunda década del siglo XXI nos traerá muchas retiradas. El tito Alice (Cooper) ya está rozando la edad de la retirada, Coverdale lleva unos añitos dando síntomas de flaqueza (recordemos el esperpento que protagonizó en Coruña en 2008, durante la gira de Good to be Bad) e incluso el incombustible Lemmy afirma en entrevistas que, con esta edad, ya necesita viagra.

Y es que el tiempo pasa para todos. Las bandas que en mi adolescencia eran punta de lanza de la modernidad, como Korn, Limp Bizkit o Machine Head, día a día se van convirtiendo en dinosaurios. Pantera incluso en banda de culto tras el asesinato de Dimebag. Dentro de una década les encasquetarán la etiqueta de viejos y serán denostados por los talibanes del moderneo, y otros como los Maiden o Slayer probablemente estarán anunciando a doble bombo y platillo una gira de despedida.

¿Y qué pasará en el futuro? No me refiero al manido tema de “¿hay relevo?”, porque el que quiera buscar bandas de calidad las encontrará siempre, tal vez no en el mainstream, como antaño, porque hace tiempo que los medios han dado de lado a ese gran océano de estilos que se engloban bajo los términos metal y rock and roll (y los que tienen una cierta presencia… mejor no opino), pero si se esfuerza en bucear fuera del mundillo que venden los gurús mercachifles de siempre, más allá de lo es portada en las revistas del mundillo, algo aparecerá.

Cuando yo pienso en el futuro en lo que no puedo parar de pensar es en las canciones. El que ya no haya bandas que llenen estadios, que ya no aparezcan en la MTV, es algo que me resbala. Me da igual el metal como negocio, lo que yo disfruto es el arte. Pero ¿qué pasará con todo ese trabajo? Cientos de grandes temas que se perderán para siempre “como lágrimas en la lluvia” ¿o viviremos la época dorado de los “grupos tributo”? Ya en los últimos tiempos están viviendo un gran boom, no se van a hacer ricos con esto pero suelen hacer más caja que cualquier banda underground. En el jazz clásico las piezas más populares se convirtieron en standares sobre los que improvisar, es evidente que en el mundo actual, donde la mayoría de las grandes bandas ya no son dueñas de su trabajo sino que estos están en manos de abogados, discográficas, gestoras de derechos de autor y demás carroñeros y necrófagos del negocio musical, por cuestiones de royalties, eso es algo totalmente inviable. Gene Simmons decía que su pretensión era que Kiss siguieran cuando él y Paul se retiraran, con otros miembros, claro que hablamos de una banda que lleva haciendo giras de “despedida” desde el 2000, y que siempre han funcionado más como una empresa que como una banda de rock and roll. ¿Llegará el día en que Rapid Fire, Whole Lotta Rossie o Cat Scratch Fever sean obras patrimonio de la humanidad? ¿El día en que esos riffs se transformen en un standar que todos podamos reutilizar?