Johnny y Lemmy

House ha sido una de las series televisivas más exitosas de la primera década del siglo XXI. Realmente el argumento de los capítulos no es demoledor: llega un enfermo, casi lo matan varias veces dando palos de ciego mientras le intentan diagnosticar una enfermedad extremadamente rara y, al final, le curan porque House, en alguna conversación trivial, descubre la clave. Hay algún capítulo, con director invitado, que rompe esta tónica, pero mayormente esto es lo que hay. El éxito está en el personaje de House, magistralmente interpretado por Hugh Laurie. A todo el mundo le encanta House porque hace lo que le da la gana, dice lo que le da la gana y no le importa lo que los demás piensen de él. Si House fuese un personaje real, la gente diría “es auténtico”, y hasta los que odian al personaje se sienten atraídos por él.

House salió de la mente de Bryan Singer y un grupo de guionistas, pero el mundo de la música nos regaló dos personajes reales tan auténticos como él: Lemmy y Johnny Cash. El primero es el gran icono del rock and roll, el segundo fue la cara menos amable de la música americana. El primero, con 65 años, puede decir que ha llegado a la edad de jubilación tras sobrevivir a una vida de exceso, drogas, sexo y rock and roll; el segundo nos dejó hace unos años tras haber logrado exorcizar a los fantasmas de las drogas, el alcohol y los antidepresivos y haber logrado resucitar, de la mano de Rick Rubin, su agonizante carrera con cuatro discos intimistas, crudos y oscuros: los American Recordings.

Ambos han influenciado y han sido admirados tanto por gente que se crió con su música como por sus contemporáneos. Ninguno inventó nada, pero ambos, con sus particulares y graves voces, se convirtieron en maestros de sus respectivos estilos. Ambos tenían un estilo propio, personal, muy marcado. Ambos son iconos.

Mike Inez decía que el funeral de Lemmy será como el de un jefe de estado, una convención de gentes del rock and roll rindiendo homenaje al más auténtico rockero. Recuerdo la sucesión de sentidos homenajes hacia Johnny Cash cuando murió. No levantó el mismo revuelo de fans deprimidos y la misma atención mediática que la muerte de Michael Jackson, pero la superó con mucho en la cantidad de músicos que participaron. Desde Bob Dylan a Glenn Danzig, de Trent Reznor a Chris Kristofferson, del propio Lemmy a Alice Cooper, todos decían que no había existido nadie como Johnny Cash, el hombre que rompió un cheque de 10.000$ porque pensó que el cajero del banco le estaba tomando a pitorreo, al decirle que no tenían “cash”. Dos individuos que deberían ser estudiados tanto por psicólogos como por sociólogos.

Muchos son los iconoclastas que viven obsesionados con tumbar a estas dos leyendas, que se pasan el día tachándoles de “adictos endiosados”, de “poco virtuosos” y de tener “poco registro vocal”. Dicen que son leyendas por el mero hecho de ser quienes son, sin plantearse que si son quienes son es porque, como músicos, han hecho méritos suficientes y que son leyendas porque, junto a sus méritos musicales, están sus arrolladoras personalidades. Siempre han hecho lo que han querido, como lo han querido, y mejor que la mayoría, algo que despierta tantas envidias como fanatismos. Músicos como Duff McKagan, Jim Heath, Dave Navarro o Dave Grohl son buenas muestras de la influencia de la influencia de estas dos personalidades. El propìo Steve Vai, uno de los guitarristas más virtuosos de las últimas décadas, ha mostrado públicamente su admiración hacia ambos.

Y es que en esta sociedad sin cafeína, sin nicotina, baja el sal y con 0% de materia grasa, donde el cine y la música son tan artificiales como los muebles de Ikea y la comida que plaga las neveras de los supermercados, donde afrontamos cabizbajos una nueva forma de esclavitud que nos impone el modelo económico, como ratas en una carrera contra el muro obsesionados con el crecimiento económico, ya no aparecen músicos carismáticos. No es que ya no existan, es que nadie les da bola. Al final The Monkees han acabado por ser la norma, y gente como Lemmy o Cash las honrosas decepciones que siempre nos recordarán que, aunque nazcamos para morir, el viaje lo decidimos nosotros, y no debería hacerlo nadie más.

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