Magia en el rock and roll

Cuando Deep Purple, con su MKIII grababan Stormbringer, disco que siempre he creído esencial e infravalorado, dos temas de Richie Blackmore fueron rechazados. Hoy recordaba este hecho escribiendo una paginilla para el fanzine del pub TNT sobre la trayectoria de Ronnie James Dio. Cuando aquellos Purple preparaban el segundo disco de la era Coverdale/Hughes, seguramente la mejor dupla de vocalistas que han militado juntos en una banda de rock and roll, Richie Blackmore, el legendario hombre de negro, les enseñó dos temas a sus compañeros que no acabaron de convencerles: “Black Sheep of the Family” y “Sixteenth Century Greensleeves”. No se qué virus afectó al oído del resto de miembros de la banda, ni cuánta tensión podría haber entre ellos, para que decidieran que esas canciones no merecían aparecer en el disco, manteniendo en cambio temas como “Love don’t mean a thing”, “The Gipsy” o “You can’t do it right”. El caso es que gracias a esto Blackmore decidió probara grabar los temas con otros músicos, lo que en pocos meses acabó llevando al nacimiento de una de las formaciones más legendarias del rock de los 70, los Rainbow, una banda que tenía magia en su música.

Sí, magia. A veces suena un poco bucanero decir lo de magia, pero los que conocen esta década en profundidad, los que se han repasado y disfrutado los primeros discos de Toto, los clásicos de Kansas, el MKIII de los Purple, la primera época de Magnum, los momentos más folkies de los Zeppelin o los discazos monumentales de Jethro Tull y Blue Öyster Cult. Bandas que sabían hacer arreglos barrocos sin tener que plagar sus temas de orquestas midi pregrabadas. Grupos que evocaban pasajes literarios de Moorcock, Philip K. Dick, Arthur C. Clarke o Tolkien sin caer en las burdas dragonadas con las que nos torturó el metal italiano de la segunda mitad de los 90. Grupos con regusto a ilustración de Frazzetta, bandas sonoras de muchas tardes sosegadas de lectura o noches de camaradería, mientras resbalan por nuestras gargantas litros de fría cerveza o dorado bourbon.

Suena a tópico, pero ya no hay bandas así. La gran mayoría asimilan mal la influencia de la literatura y el cine fantástico, caen en lo recargado, en los excesos de material pregrabado, en letras de patio de colegio que parecen escritas a golpe de tirar un D20. En los últimos años sólo un par de bandas nuevas me han transmitido esa misma sensación de total evasión a través de su música: Grand Magus y Witchcraft. Sobre todo los segundos. Cuando escuché su “If crimsom was your colour”, del The Alchemist, recibí una de esas grandes alegrías que de vez en cuando nos da esa caprichosa y esquiva amante llamada rock and roll. Fue escuchar esas guitarras y sentir mi mente cabalgando a lomos de un dragón por una angosta garganta, sobre un rojo desierto extraterrestre, rodeado de negras cascadas iluminadas por un mortecino sol entre oscuras nubes de humeante azufre. Una música que hace volar tu cabeza y tu alma como los guitarrazos de Hendrix, Uli Jon Roth o el Clapton más genial de los Cream. Como cabalgar por un paisaje de Whelan o Frazzetta, como las ilustraciones de Corben basadas en los poemas de Poe y Lovecraft.

Porque si hay algo que hace tan especial esta música es su capacidad para hacernos soñar, para quitarnos de la cabeza nuestros problemas, para seguir sorprendiéndonos cuando creemos que ya lo hemos visto todo. Y porque de una discusión y dos temas descartados puede nacer una banda que se convierta en la banda sonora de muchas vidas.

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