Software libre en la administración y en la educación ¿por qué sí?

Una cosa que eché bastante en falta en la gente del 15M fue un apoyo más abierto al uso de Software Libre en el ámbito público. Hablo del 15M por su supuesto carácter de movimiento anticonsumista y contrario al liberalismo económico exacerbado.

No sé si la cosa ha cambiado en los últimos años, pero hasta no hace mucho en la facultad de Historia compostelana no había opción de usar Linux (o BSD u otro sistema libre) en los equipos de las aulas, y en la asignatura de Iniciación a la Informática no se utilizaba nada de software libre (de hecho se usaba hasta una demo de un gestor de bases de datos en lugar de cualquiera de las muy válidas opciones libres). En 2009 la suite ofimática instalada en todos los equipos era Microsoft Office.

A pesar de esto hasta no hace mucho España estaba a la cabeza del uso y la promoción del software libre en las instituciones, así que la cosa podría ir peor y en muchos otros países claramente va peor. Pero siempre debemos luchar porque todo mejore.

Hay muchos motivos para que el software libre se utilice en la administración, motivos objetivos:

  1. Porque casa con las filosofías de ambas ideologías mayoritarias: Sí, con ambas. Porque por una parte el software libre defiende ideas de libertad, colaboración, compartir código y evitar los excesos depredadores del capitalismo, algo que en teoría defienden los partidos supuestamente de izquierdas en este país. Pero además, usar software libre es más barato que usar software privativo, algo que encantará a la derechona liberal tan amante de pasar la motosierra al gasto público. Tanto a la izquierda como a la derecha deberían convencerles el software libre, ya sea por razones filosóficas, económicas o por ambas. Claro, luego existe la posibilidad de que algún partido lo que quiera sea deturpar dinero público para moverlo a cuentas de empresas privadas… y no digo más, que cada uno saque conclusiones leyendo el BOE.
  2. Por seguridad: La única forma de estar seguros de que sólo la administración tiene acceso a los datos que maneja, de que nadie más puede meter mano ahí, es tener un total acceso al código fuente del programa, para comprobar que no tenga «sorpresas» escondidas. Las macrocorporaciones llevan años vendiéndonos la filosofía de «seguridad por oscuridad» y asustándonos conque el software libre es más inseguro porque al ser público el código es más fácil encontrar fallos a su seguridad. Pero en esta falacia «olvidan» comentar que el no tener acceso al código les permite a ellos espiar a sus usuarios y hacer «minería de datos» (uno de los grandes negocios del siglo XXI).
  3. Por independencia: Porque usando software privativo al final son las empresas las que tienen cogido por los huevos al gobierno. El usar software libre es un primer paso para deshacerse de la presión de las corporaciones. Y además la mayoría de estos fabricanes ni siquiera son europeos sino estadounidenses, otro punto importante a valorar por cualquier gobierno de la UE.
  4. Para generar empleo localmente: Porque el mantenimiento, la adaptación y la actualización del software correrá a cargo de empresas locales, no de macrocorporaciones extranjeras donde el software lo diseña un yankee, lo programa un indio, lo revisa un sudafricano y lo vende un inglés, y ni un duro se queda en tu ciudad/pueblo/país. Lo que gastas ayudará a reducir el paro y a aumentar la recaudación.
  5. Por ética: Porque la filosofía del software libre, abierta y no depredadora, es más ética que las de las macrocorporaciones, abiertamente favorables a la maximización del beneficio económico (y muchas veces repercutiendo en contra de la calidad del producto final). El uso del software libre en la educación y en la administración, además, llevaría a largo plazo a acostumbrar a los usuarios a esta tecnología, creando una alternativa a los grandes monopolios.
Es una dura batalla el conseguir esto, pero ahora que tenemos unas elecciones cerca sería un buen momento para recordarles a los partidos políticos que deberían pensar más en los intereses del pueblo que en los de Bill Gates o Steve Jobs. Si estás de acuerdo con estas ideas difúndelas, si conoces a un diputado, a un senador, a un alcalde, al rector de tu universidad… es el momento de que le preguntes ¿qué hay del software libre?

El peligro de los E-Books (traducción de un artículo de Richard Stallman)

Nota del traductor: Llevaba un tiempo dándole vueltas al tema de los E-books, de cómo a largo plazo pueden cambiar la forma en que los lectores accedemos a las obras e interactuamos con ellas, y me encontré con este reciente artículo de Richard Stallman advirtiendo de lo mismo. Así que en lugar de escribir el artículo al que estaba dándole vueltas lo que ahora publicaré es una traducción del suyo, para los no angloparlantes. Intentaré hacerlo de la forma tan literal como mi nivel de inglés permita, espero que lo disfrutéis y meditéis sobre ello. Podéis consultar el original aquí

 

The Danger of E-Books (El peligro de los E-Books)

Richard Stallman

En una era en la que las empresas dominan a nuestros gobiernos y escriben nuestras leyes, cada avance tecnológico les ofrece a estas empresas una oportunidad para imponer nuevas restricciones al público. Tecnologías que podrían ayudarnos son utilizadas, en cambio, para encadenarnos.

Con los libros impresos:

  • Puedes comprarlos con dinero en metálico, de forma anónima.
  • Eres su propietario.
  • No se te hace firmar una licencia que te restringe su uso.
  • El formato es conocido, y no se requiere de una tecnología propietaria para leerlo.
  • Puedes regalar, prestar o vender el libro a otro.
  • Puedes, físicamente, escanear y copiar el libro, y este sólo a veces está bajo copyright.
  • Nadie tiene el poder de destruir tu libro.

Compáralo con los libros electrónicos de Amazon (un caso típico):

  • Amazon exige a sus usuarios identificarse para comprar un libro.
  • El algunos países Amazon afirma que el usuario no es el propietario del libro.
  • Amazon exige al usuario aceptar una licencia restrictiva para usar el ebook.
  • El formato es secreto, y sólo un software propietario restrictivo puede leerlo.
  • Una especie de préstamo se puede hacer con algunos libros, por tiempo limitado, pero sólo a un usuario especificado por el nombre a otro usuario del mismo sistema. No se puede regalar o vender.
  • Copiar el ebook es imposible por el software DRM instalado en el reproductor, y prohibido por la licencia, todavía más restrictiva que el copyright.
  • Amazon puede borrar remotamente un ebook usando una puerta trasera. Esta puerta trasera ya fue utilizada en 2009 por Amazon para eliminar miles de copias de “1984”, de George Orwell, por una violación de copyright.

Cada uno de estos puntos pone a los ebooks un paso por detrás de los libros impresos. Debemos rechazar los ebooks mientras no respeten nuestra libertad.

Las compañías de ebooks afirman que negar nuestras libertades es necesario para continuar pagando a los autores. El actual sistema de copyright hace un flaco favor a estos, está más pensado para favorecer a las empresas. Podemos apoyar a los autores de otras formas mejores que no requieren recortes en nuestra libertad, y además legalizarían el compartir archivos. Dos métodos que he propuesto son:

Los ebooks no necesitan atacar nuestras libertades, pero lo harán si las compañías así lo deciden. Está en nuestra mano detenerlas. La lucha ya ha empezado.

Copyright 2011 Richard Stallman

Released under Creative Commons Attribution Noderivs 3.0.

Traducción por Donato Rouco, el 5 de julio de 2011.

 

El secuestro del lenguaje

En «1984» de George Orwell se habla de cómo el gobierno crea un idioma de abreviaturas para lograr que ciertos conceptos desaparezcan del lenguaje, intentando lograr que el pueblo, al carecer de esos conceptos no pueda generar ideas revolucionarias contrarias al régimen. En «Tropas del Espacio» de Robert Heinlen los disidentes son llamados «terroristas de paz» para, y en «Forastero en tierra extraña» del mismo autor  el aprendizaje del idioma marciano permite a los humanos alcanzar nuevas cotas de conocimiento y la autoliberación sexual.

Son sólo un par de muestras que se han dado en la literatura de ciencia ficción de cómo la manipulación o desaparición de términos pueden modificar el pensamiento de todo el conjunto de la sociedad. Pero olvidémonos ahora de la ficción, volvamos a la Tierra en 2011, a un contexto occidental, y pensemos en el término «piratería». A día de hoy llamamos piratería a compartir archivos en una red p2p, a descargar contenidos de un página de almacenamiento para descargas directas, a hacer una copia de un disco… ¿y a qué se llamaba piratería en siglos pasados? Al hecho de asaltar barcos en alta mar, asesinar a su tripulación y saquear sus bienes. Es decir, que el lenguaje ha hecho que compartir canciones registradas bajo una licencia privativa de derechos de autor suene a asesinato y saqueo. ¿Por qué? Pues porque así cuando la ministra de turno a sueldo de la gestora de turno (llámense Sinde y SGAE en el caso de España, pero en otros países la cosa está más o menos igual o peor) quiera hacer una ley para tener contentos a sus verdaderos jefes, pues dirán «Ley contra la piratería» y sonará a «Nuestro gobierno, fuerte y justo, combate al criminal». Y es que si dijeran «Ley contra el compartir archivos bajo copyright» les costaría todavía más vender a alguien la moto de su cruzada.

De esta perversión del lenguaje ya advirtió Richard Stallman a mediados de los 90, pero no es un problema único y exclusivo de la piratería. Es curioso (y preocupante), por ejemplo, como en España los medios de extrema derecha han convertido el término «republicano» (que no significa más que partidario de un gobierno en forma de república, y que en determinados países incluso sirve para definir a partidos de su mismo signo político) en algo así como «terrorista violento», algo que seguramente en pocos años también acaben logrando vincular con el término «nacionalista». Otro término que ha tenido una evolución similar en los medios ha sido «islamista», que a día de hoy casi significa fanático religioso. Términos como «moral» o «educación», también han sufrido esto, perdiendo sus significados originales para acabar encarnando una serie de valores más bien orientados a un contexto judeocristiano. Y finalmente «libertad», una palabra que en occidente ha perdido todo su significado y que, a día de hoy, se utiliza hasta para justificar recortes de la misma.

Y si por un lado están las palabras que se transforman por otro directamente están las que desaparecen. ¿Hace cuánto que un partido de supuesta izquierda o un sindicato en este país no usa la palabra «explotación»?¿Y «capitalismo»?¿Alguien ha escuchado a algún miembro del actual PSOE usar esa palabra? No se puede cuestionar el funcionamiento del sistema si desaparece la palabra que lo define.

En un mundo de consumo rápido de ideas, donde páginas como Twitter se están convirtiendo en los nuevos cauces para la información, una información rápida, de 160 caracteres, el no perder las palabras se vuelve esencial. Porque distintas palabras muestran distintos conceptos, y si perdemos la palabra perdemos el concepto.

Cultura libre para el progreso humano

En una sociedad de consumo rápido, de usar y tirar, por desgracia las ideas caducan “rápidamente”. Hace unos meses las protestas contra la “Ley Sinde”, que prohíbe el compartir obras con copyright, y contra la SGAE, organismo gestor de derechos de autor que posee el monopolio del cobro a emisoras de radio y televisión, y el control de la mayor parte de las licencias privativas culturales en España, eran habituales. Pero fueron apareciendo otros temas que capitalizaron la atención de los medios, algunos trascendentales para el país como las reclamaciones de un cambio en el sistema democrático por parte del movimiento “democracia real ya” o las elecciones locales y autonómicas, otros impactantes como el debate sobre la energía nuclear generado por la crisis de Fukushima, los levantamientos en el norte de África y Oriente Medio o, en los últimos días, la tragedia de Lorca y las dudas sobre la calidad de la construcción en las zonas que más se expandieron durante el boom inmobiliario; y finalmente temas triviales pero que han llenado muchas páginas y han distraído la atención de la gente como la prohibición de fumar en todos los bares, la reducción del límite de velocidad en autopistas a 110 km/hora o una sucesión de encuentros entre Real Madrid y Barcelona que los panfletos de la prensa deportiva se encargaron de calentar. El caso es que esto ha enterrado el debate sobre dicha ley, sobre los métodos de la SGAE y sobre los derechos de los internautas; aunque yo siempre he pensado que el verdadero debate está en un derecho mucho más fundamental.

Por desgracia la mayor parte de los que se oponen a las restricciones a la libertad de distribución de cultura por la red lo hacen por motivos pragmáticos y egoístas: sólo les preocupa que no les cierren su página de descargas favoritas para no perderse la última temporada de “Cómo conocí a vuestra Madre” o de “Big Bang Theory”; pero somos menos los que nos preocupamos por cómo gobiernos y editores mercadean con nuestros derechos y nuestra libertad. Es necesario que el movimiento por la cultura libre haga llegar estos conceptos a la gente que se opone a estas leyes por esos otros motivos, dado que ellos son los que propician los argumentos descalificadores que utilizan los editores. Esta gente tiene que entender que el acceso a la cultura es un derecho, más allá de sus intereses egoístas. Las justificaciones del tipo “la industria debe aprender a ofrecer algo más para combatir la piratería” o “los autores pretenden vivir toda su vida de un éxito puntual” no son argumentos válidos, el verdadero argumento ha de ser: “Compartir la cultura no es un delito, el libre acceso a la misma es un derecho fundamental de todos los humanos”.

Porque se habla mucho de los derechos de autor en el discurso de los prohibicionistas, pero muy poco de los derechos del usuario. De hecho el término “derechos de autor” es una gran falacia, generalmente estos derechos están en manos de los editores, que dan al autor los huesos mientras ellos se comen el solomillo. Estas leyes se crearon originalmente para luchar contra el plagio y para evitar que los editores comercializaran obras sin permiso, pero a largo plazo se han convertido en un arma para proteger los intereses económicos de los editores, recortando además el derecho que todo ser humano debería tener a acceder libremente a la cultura.

No es que crea que no es ético pretender cobrar por un trabajo relacionado con la cultura, como algunos afirman, pero sí que es un crimen pretender arrebatarnos el libre acceso a esta. Música, cine, literatura, pintura, fotografía… todos deberíamos poder acceder a esto independientemente de nuestro nivel de ingresos, aunque parece que gobiernos, editores y gestoras de derechos de autor no creen eso, y siguen empeñados en asociar indisolublemente cultura y producto, algo que podía ser cierto hace un par de décadas, pero no ahora.

No, porque la posibilidad de convertir estas obras en flujos binarios de datos nos permite tanto disociar la obra del producto como acceder a ella desde la red. Esto no acaba con el negocio, como los editores y las gestoras de derechos de autor afirman, el producto sigue existiendo para venderlo en el mercado tradicional (proyecciones en cines, actuaciones en directo, ventas en formato físico..) y se crean nuevas posibilidades de mercado (donaciones como se hizo en su día con el software libre, emisión en streaming con publicidad…), si bien esto facilita la distribución directa entre el autor y el cliente, eliminando o cuanto menos restando importancia a la figura del editor.

¿Alguien se ha parado a pensar alguna vez qué habría pasado si los derechos de autor fueran un derecho natural inherente al ser humano?¿Si siempre hubieran existido?¿Cómo se habría desarrollado la historia si todo el mundo hubiera podido restringir el acceso a sus obras desde el nacimiento de la humanidad? El compartir ideas y el libre acceso a las mismas es esencial para el avance y el desarrollo de la raza humana. Compartir la cultura, compartir los conocimientos, debería ser un derecho inalienable de todo ser humano, derecho que nos quieren arrebatar mediante leyes restrictivas hechas a medida de la Fox, Disney, Warner o Sony, los grandes imperios americanos editoriales y del sector audiovisual. Los documentos de WikiLeaks ya llevaron al dominio público las presiones del gobierno estadounidense sobre los gobiernos europeos, con el objetivo de que estos aprobaran leyes como las suyas para prohibir el intercambio de contenidos por internet.

Aunque la vida de los derechos de autor varía según los países, en la mayoría se encuentra entre los 75 años para trabajos autoeditados y 95 para trabajos por encargo. Hasta no hace muchos años esto no era así, pero la llamada “Ley Sonny Bono” de 1998 amplió la duración de los derechos de autor en EEUU, quienes pronto impondrían su criterio al resto del planeta. Incluso, cuando se empezó a debatir esta ley, hubo quien propuso convertir los derechos de autor en imperecederos (el susodicho Sonny Bono y su viuda, de hecho). Ese mismo año se aprobó la peligrosa DMCA (Digital Millenium Copyright Act) que permitía, entre otras cosas, la inclusión de dispositivos anti copia en los formatos digitales y la creación, por parte de los editores, de sus propias condiciones de copyright, todavía más restrictivas que las ya marcadas por la ley. Tras esto, la Unión Europea comenzó a crear leyes de corte similar.

Por suerte, de momento disfrutamos de un arma para combatir el copyright: el copyleft. Aunque algunos editores y gestoras (la SGAE entre ellos, y con el amparo de la ministra Sinde, que dice ser socialista pero no se sonroja a la hora de bajar la cabeza frente a los patronos de las editoras) estén intentando ilegalizarlo en varios países. Su argumento es que “podría permitir la venta incontrolada de material con derechos autor”, otra de sus habituales mentiras, como cuando manipulan el lenguaje equiparando el compartir archivos con asaltar barcos en alta mar para saquearlos y asesinar a su tripulación (porque el término “piratería” no es más que eso, burda manipulación para dar un matiz negativo a algo que no lo es). Licencias como las de Creative Commons o la GNU/GPL nos permiten hacer nuestra obra libre, para que pueda ser accedida por todo el mundo, pero protegida contra prácticas indebidas (si no licenciamos nuestra obra cualquiera podría hacer una versión y sacarla de forma privativa, prohibiendo así cualquier nueva versión futura). Gente como Michael Moorcock, Lawrence Lessig o Richard Stallman ya nos han marcado el camino, ahora la pelota está en nuestras manos y la decisión es nuestra.

Piensa en un futuro donde toda la cultura del mundo pueda ser accedida libremente desde tu ordenador, donde todos los libros que se han escrito y escribirán, toda la música que se ha grabado, todas las películas que se han filmado, todas están a tu alcance, a un sólo click de distancia. Y piensa ahora en otro futuro donde toda esa cultura también está a sólo un click, pero previo pago a editores y gestoras mediante iTunes. La batalla que decidirá si vivimos en un futuro o en otro se está librando ahora y nosotros somos la infantería de la contienda, no olvidar esto y actuar en consecuencia, tener la convicción de que lo que está en juego es nuestra libertad frente a los privilegios de unos pocos, ha de ser la primera de nuestras armas.

La ciencia debe desechar el Copyright

Hoy no seré yo quién opine. Utilizaré mi espacio para reproducir un artículo de Richard Stallman publicado en el foro de la revista Nature en 1998. La traducción corre a cargo de Jaron Rowan, Diego Sanz Paratcha y Laura Trinidad. Para no violar el copyleft de la misma incluiré la siguiente cita:

Se permite la copia, de este artículo completo,en cualquier formato, mecánico o digital, siempre y cuando no se modifique el contenido de los textos, se respete su autoría y esta nota se mantenga.

LA CIENCIA DEBERÍA DESECHAR EL COPYRIGHT:

Debería ser un axioma que la literatura científica existe para divulgar el conocimiento científico, y que las revistas científicas existen para facilitar este proceso. Por consiguiente, las reglas de uso de la literatura científica deberían  diseñarse para ayudar a conseguir este objetivo.

Las reglas que tenemos ahora, conocidas como copyright, fueron establecidas en la era de la imprenta, un método intrínsecamente centralizado para la producción masiva de copias. En el contexto de la imprenta, el copyright sobre los artículos de publicaciones sólo restringía a los editores, obligándoles a obtener un permiso para publicar un artículo, y a los posibles plagiarios. Esto ayudó a que las revistas activaran y divulgaran el conocimiento sin interferir en el provechoso trabajo de los científicos o estudiantes, ya sea como escritores o como lectores de artículos. Estas reglas se adecuaban bien a dicho sistema.

La tecnología moderna para las publicaciones científicas es, sin embargo, Internet. ¿Qué reglas asegurarían mejor la divulgación de los artículos científicos y del conocimiento en la Red? Los artículos deberían de distribuirse en formatos no propietarios, de acceso abierto para todos. Y todos deberían de tener el derecho de reproducir los artículos, esto es, de reeditarlos íntegramente con su adecuada atribución. Estas reglas deberían aplicarse tanto a los artículos pasados como a los futuros, cuando se distribuyen en formato digital. Pero no hay ninguna necesidad crucial de cambiar el sistema de copyright actual aplicado a la edición impresa de revistas, porque el problema no afecta a ese dominio.

Por desgracia, parece que no todo el mundo está de acuerdo con los axiomas que encabezan este artículo. Muchos editores de revistas parecen creer que el propósito de la literatura científica es permitirles editar revistas para cobrar suscripciones de científicos y estudiantes. Esta forma de pensar se conoce como «confundir los medios con los
fines».

Su proceder ha consistido en restringir el acceso a la lectura de literatura científica, incluso a aquellos que pueden pagar y que pagarán por ello. Usan la legislación de copyright, todavía vigente a pesar de su inadecuación a las redes informáticas, como una excusa para detener a los científicos en la selección de nuevas reglas.

En nombre de la cooperación científica y del futuro de la humanidad, debemos rechazar tal enfoque desde su raíz —no sólo los sistemas restrictivos que se han establecido, sino las prioridades equivocadas que los inspiraron.

Los editores de revistas a veces argumentan que el acceso on line requiere servidores caros de alta capacidad y que deben cobrar tarifas de acceso para pagar estos servidores. Este «problema» es una consecuencia de su propia «solución». Concede a todo el mundo la libertad de autoeditar, y las bibliotecas en todo el mundo montarán páginas de libre publicación para responder a la demanda. Esta solución descentralizada reducirá las necesidades de ancho de banda de la red y proveerá un acceso más rápido, a la vez que se protege la documentación académica contra pérdidas accidentales.
Los editores también sostienen que pagar a los encargados de la página obliga a cobrar por el acceso. Aceptemos la suposición de que los encargados deben ser pagados; para este viaje no hacen falta alforjas. El coste de la edición de un revista normal está entre el uno y el tres por ciento del coste de financiar la investigación para producirla.
Un porcentaje tan pequeño difícilmente puede justificar que se obstaculice el uso de los resultados.

En su lugar, el coste de la edición puede cubrirse, por ejemplo, cobrando a los autores por publicar en la página, y estos pueden traspasar estos pagos a los patrocinadores de su investigación. A los patrocinadores no les debería de importar, dado que ya pagan por la publicación de una forma más molesta, a través de las tarifas astronómicas que
abonan para que la biblioteca universitaria se suscriba a la revista. Mediante el cambio de modelo económico para que los patrocinadores de la investigación cubran los costes de la edición, podemos eliminar la necesidad aparente de restringir el acceso. El autor fortuito que no pertenece a ninguna institución o empresa, y que no tiene patrocinador,
podría estar exento de estos pagos, con los costos derivados a los autores patrocinados.

Otra justificación para las tarifas de acceso a las publicaciones de Internet es que pueden financiar la reconversión de los archivos impresos de un revista a un formato on line. Este trabajo tiene que hacerse, pero deberíamos buscar formas  alternativas de financiarlo que no supongan obstruir el acceso a los resultados. El trabajo en sí mismo no será más difícil ni costará más. Digitalizar los archivos y malgastar los resultados por restringir el acceso a ellos es algo autodestructivo.
La Constitución de los EE.UU. dice que el copyright existe «para promover el progreso de la ciencia». Cuando el  copyright impide el progreso de la ciencia, la ciencia debe desechar el copyright.

Este y muchos otros artículos de Stallman pueden econtrarse en «Software Libre para una sociedad libre«, disponible en formato pdf en ese enlace.

En el reino de los mediocres el menos malo es el rey.

El pasado viernes tuve una tarde relajada. Al faltar uno de mis profesores pude darme un paseo por el centro de Compostela, el típico paseíllo escuchando una recopilación de temas de Barricada y Barón Rojo en el MP3, para estirar las piernas y relajar la cabeza. Claro, no había pensado que el concepto “relajar la cabeza” no es compatible con el concepto “apertura de la campaña electoral”.

Lo chabacano y mediocre está tan interiorizado entre nuestros políticos que daría la risa si no diera tanto miedo pensar que esa gente dirige nuestra vida. Las referencias que están haciendo en esta campaña los políticos locales son de delirio: El PSOE apuesta por un pulpo Paul sobre una urna con su logo, con el slogan “Vota polo polbo da túa vida” (para los no gallego-parlantes, polbo significa pulpo, y la frase sería un juego de palabras dado que aunque literalmente diga “Vota por el pulpo de tu vida” suena igual que “Vota por el polvo de tu vida”), ingenio de barra de bar y referencia futbolera. Pero aquí no acaba el show porque el candidato del PP, Conde Roa, se ha convertido en CR11… ¿qué clase de candidato a la alcaldía de una ciudad cree que puede ganar votos equiparándose a un futbolista portugués malencarado y sobre el que recaen sospechas, parece que bastante fundamentadas, de estar implicado en asuntos turbios (2008, Manchester United, prostitutas, cocaína…)? Vamos, que precisamente no es que Bugallo y Roa sean Kruschev y Churchill. Del resto de partidos no diré nada porque no me he dado de morros todavía con su publicidad.

El caso es que ver esto me hace pensar en los políticos que recuerdo de mi infancia y pre-adolescencia. Porque no es que sólo los políticos locales ya no sean lo que eran, es que la clase política española últimamente deja mucho que desear. Independientemente de las ideas de cada uno ¿hay en esta generación de políticos alguno con la cultura y preparación de los de la anterior? ¿tiene el BNG a alguien como Beiras? ¿tiene el PP a un Fraga(bueno, tiene a Fraga todavía… pero el hombre con esta edad mejor estaría jubilado)? ¿hay en Izquierda Unida un nuevo Anguita? ¿alguien el PSOE habla como Felipe González?.  Si Rubalcaba y Rajoy son lo mejor que los partidos mayoritarios pueden ofrecer… vamos jodidos. Desde que Aznar ganó unas elecciones su estilo se impone: gris, maleducado y mediocre.

No hace mucho veía un debate autonómico entre Beiras y Fraga, no recuerdo exactamente el año pero debía ser sobre finales de los ’90, uno puedo estar más o menos de acuerdo con las ideas de cualquiera de ellos, no quiero meterme en este artículo en cuestiones ideológicas, pero costaba seguir el debate, y no porque no hablaran claro sino porque lo que decían te hacía pensar, y a veces hasta te obligaba a consultar una enciclopedia para entender las referencias que se daban. Era un debate denso e ilustrado. Entonces se veía una cultura, una preparación y una inteligencia que yo no acabo de ver en los políticos actuales, eran políticos capaces de argumentar lo que defendían, aunque en muchos casos fuera hasta indefendible.

En la política española reinan los trepas, los “hombre del partido” que llevan años sabiendo qué espaldas rascar, qué pollas chupar y qué culos lamer, y en lugar de tener políticos capaces, bien formados e inteligentes tenemos a un montón de niños de papá, o neo-caciques adinerados por algún pelotazo bursátil/inmobiliario, que no saben hacer la o con un canuto y pasan sus noches mascando el insulto, lo que ha convertido los debates parlamentarios en discusiones de patio de colegio. “Tú eres un ladrón”, “pues tú más”. “Tú has hundido la economía del país”, “pues tú la hundiste antes”. Sobrecogedor. La política se ha futbolizado, hooliganizado y americanizado hasta niveles que rozan el absurdo, y la nueva norma es el «insulta que algo queda», práctica que los periolistos que pueblan esos panfletos, que algunos osan llamar prensa, realizan a diario. También es algo normal, desde que se ha impuesto el voto inútil y la gente, en lugar de votar al programa que más se adapta a sus ideas, vota a uno de los dos grandes para evitar que gane el otro, estos partidos sienten que no necesitan ni un programa ni un líder decente para conseguir la victoria, basta con acojonar lo suficiente al electorado indeciso y confiar en su electorado hooligan.

La gente se queja de los enormes sueldos de futbolistas y actores y yo me pregunto si no se dan cuenta de lo verdaderamente aterrador que es ver como se pagan sueldos exorbitados a chupópteros y correveidiles que, en tiempos de crisis, tiran el dinero público en chorradas (¿una playa artificial en un pueblo que ya tiene playa?¿tres aeropuertos enanos en Galicia mientras Oporto se lleva todos los vuelos importantes?¿una macrobiblioteca situada en un complejo cultural mal comunicado?) mientras se recorta en servicios sociales básicos (9 horas en urgencias para que te atienda un traumatólogo porque sólo hay uno de guardia y no hay radiólogos).

En fin, que con este panorama dan ganas de coger el primer vuelo a Vladivostok, que seguro que hay trabajo en la recogida de cebolla.