Instalar Adobe Brackets en Ubuntu/Debian

No hace mucho hablábamos de Visual Studio Code y hoy vamos a ver otro editor: Adobe Brackets.

Adobe Brackets es un editor de texto para desarrollo web, creado por Adobe Systems. Se ha liberado bajo licencia MIT y el código puede ser revisado y descargado en GitHub.

Adobe Brackets

Cuenta con funciones interesantes como la posibilidad de editar ficheros en remoto, atajos de teclado para abrir el editor de CSS cuando seleccionamos una clase o id en el código, un selector de color o la posibilidad de vista previa en vivo.

Para descargarlo basta con acceder al sitio de descargas desde Github desde el que nos podemos descargar el paquete .deb (existen también empaquetado en formato .msi para usuarios de Windows o en .dmg para usuarios de MacOS X, el editor es multiplataforma). Una vez bajado podemos instalarlo mediante el gestor de paquetes o desde línea de comandos tal que así:

#Ejemplo para la versión 1.13 de 64 bits
#Si cambia la versión hay que cambiar el comando
sudo dpkg -i Brackets.Release.1.13.64-bit.deb

En caso de problemas con las dependencias bastaría con ejecutar:

sudo apt -f install

¿Cómo salir de Vim en Linux?

Es un meme clásico de las webs de chiste de programadores, pero ¿cómo se sale del editor Vim? En serio, todo el que lo ha usado ha acabado por teclear alguna vez «How to exit Vim».

Pulsando la tecla Esc Vim entra en modo línea de comandos. Ahí puedes escribir:

  • :q para salir (abreviatura de :quit).
  • :q! para salir sin guardar (abreviatura de :quit!).
  • :wq para escribir y salir.
  • :wq! para escribir y salir incluso si el fichero es del tipo solo lecutra.
  • :qa para salir de todo (abreviatura de :quitall)

Instalando Google Web Designer en Linux

Hará cosa de un año Google nos sorprendió con una herramienta de diseño web en fase beta: Google Web Designer. Un editor WYSIWYG muy potente, gratuito (al menos de momento), orientado hacia diseñadores, pensado para sacar todo el jugo de HTML5 y CSS3 (diseño responsivo, animaciones, aceleración 3D) y a su vez ser sencillo. Y, al igual que hicieron con Google Drive, se olvidaron de los usuarios de Linux.

Google-Web-Designer

Lo curioso es que se preguntó al director de proyecto alguna vez que qué pasaba con los Linuxeros y la respuesta fue más sorprendente: sí existía una versión para linux que además se usaba internamente en la empresa, pero tenía diferencias respecto a la que salió para Mac y Windows, por lo que no la sacaban. Al final, tras mucha presión por la comunidad, anunciaron que sí sacarían la versión para Linux.

Y ya la tenemos.

¿Cómo la instalamos? Sencillo: Vamos a la web del proyecto y desde allí descargamos el archivo .deb que mejor vaya con la distribución de Linux con la que trabajemos, lo ejecutamos con nuestro instalador de paquetes y… listo. Ya está, todo muy fácil… ¿o no?

Pues voy a ser jodón, pero no. Si fuera tan fácil no haría una entrada en el blog. Resulta que de momento hay un bug con la carga del idioma, si vuestro sistema no está en inglés Google Web Designer sólo muestra una ventana negra y no carga, no funciona. Por suerte por los foros oficiales ya existe una solución, que os obligará a tirar de consola (hasta que no salga una actualización/parche al menos)

#Lo primero es cargarnos la configuración por defecto tecleando:
sudo rm -r .local/share/google-web-designer

#y ya podemos lanzar web designer desde la consola, forzando que lo haga en inglés, con el siguiente comando
LANGUAGE=en_US google-webdesigner

Ahora sí, con esto ya tenéis funcionando Google Web Designer en vuestro equipo con Linux. Esperemos que dentro de poco la gente de Mountain View se apure a sacar o traducciones o al menos un parche que evite este molesto bug.

La perversión de los «derechos de autor»

Los derechos de autor y la propiedad intelectual, como concepto, nacieron en los EEUU (cómo no, en el paraíso del liberalismo capitalista). La Copyright Act de 1790 fue la primera ley de derechos de autor creada en el mundo, aunque ya se reconocían «derechos sobre la propiedad creativa» en su constitución (creada tres años antes). En cualquier caso había ya precedentes y litigios sobre los derechos de impresión de las obras.

Porque fue la imprenta la que creó el problema. Antes de que hubiera imprenta a nadie le preocupaban los derechos sobre las copias, si querías una te la hacías a mano. Fue el invento de Gutember el que hizo que, de repente, a los autores les preocupara quién imprimía o no sus obras, y ya en el siglo XVII hubo disputas en Inglaterra, España y Francia sobre derechos de impresión, que se alargaron hasta bien entrado en el siglo XVIII.

Como ocurre a día de hoy, a la ley norteamericana de 1790 le siguieron las europeas, siendo Francia la pionera en el viejo continente sólo un año después.

Al principio el copyright tenía una duración corta (14 años) y se creó para evitar que los editores publicaran sin permiso del autor sus obras. Luego se fue extendiendo para abarcar traducciones, obras derivadas y alargándose en el tiempo, hasta la actual ley que abarca toda la vida del autor y 70 años más (en los EEUU, y por obra y gracia del imperio mediático Disney, que presionó al gobierno para no perder los derechos de varios personajes allá por 1998). Los derechos de autor nunca pretendieron limitar el derecho del usuario a compartir o intercambiar la obra completa o parte de su contenido.

Pero llegó el siglo XXI, la expansión de internet y la posiblidad de compartir conocimientos y cultura a nivel global (espíritu con el que nació internet en los años 60, ser una red para compartir conocimientos entre las universidades americanas y otras agencias) empezó a asustar a los editores. NAPSTER, y todo el juicio a su alrededor fue el primer paso en la carrera hacia el cierre de webs. Ahora, una década después nos encontramos con la SOPA en EEUU y con la ley Sinde en España (finalmente aprobada por el mismo PP que cuando estaba en la oposición utilizó a su prensa afín para criticar dicha ley, afirmando que era una regalía para los actores y músicos «de la ceja» afines añ PSOE), leyes restrictivas, arbitrarias y draconianas más propias de China o Turquía que de una supuesta democracia. Leyes para mayor beneficio de los propios editores contra cuyos abusos pretendía luchar el Copyright.

Y no seamos ingénuos, lo que se están creando son peligrosos precedentes legales, y no sólo en el ámbito de los derechos de autor. El cierre de webs empieza por aquí, pero de ahí a censurar «contenidos ofensivos» no habrá nada, y contenidos ofensivos será todo lo que al gobierno de turno, llámese PP o PSOE en este país, incomode o amedrente.

Como bien remarcó Stefan Zweig en su autobiografía «El mundo de ayer», desde el periodo de entreguerras en Europa hemos ido perdiendo libertades paulatinamente.