La perversión de los “derechos de autor”

Los derechos de autor y la propiedad intelectual, como concepto, nacieron en los EEUU (cómo no, en el paraíso del liberalismo capitalista). La Copyright Act de 1790 fue la primera ley de derechos de autor creada en el mundo, aunque ya se reconocían “derechos sobre la propiedad creativa” en su constitución (creada tres años antes). En cualquier caso había ya precedentes y litigios sobre los derechos de impresión de las obras.

Porque fue la imprenta la que creó el problema. Antes de que hubiera imprenta a nadie le preocupaban los derechos sobre las copias, si querías una te la hacías a mano. Fue el invento de Gutember el que hizo que, de repente, a los autores les preocupara quién imprimía o no sus obras, y ya en el siglo XVII hubo disputas en Inglaterra, España y Francia sobre derechos de impresión, que se alargaron hasta bien entrado en el siglo XVIII.

Como ocurre a día de hoy, a la ley norteamericana de 1790 le siguieron las europeas, siendo Francia la pionera en el viejo continente sólo un año después.

Al principio el copyright tenía una duración corta (14 años) y se creó para evitar que los editores publicaran sin permiso del autor sus obras. Luego se fue extendiendo para abarcar traducciones, obras derivadas y alargándose en el tiempo, hasta la actual ley que abarca toda la vida del autor y 70 años más (en los EEUU, y por obra y gracia del imperio mediático Disney, que presionó al gobierno para no perder los derechos de varios personajes allá por 1998). Los derechos de autor nunca pretendieron limitar el derecho del usuario a compartir o intercambiar la obra completa o parte de su contenido.

Pero llegó el siglo XXI, la expansión de internet y la posiblidad de compartir conocimientos y cultura a nivel global (espíritu con el que nació internet en los años 60, ser una red para compartir conocimientos entre las universidades americanas y otras agencias) empezó a asustar a los editores. NAPSTER, y todo el juicio a su alrededor fue el primer paso en la carrera hacia el cierre de webs. Ahora, una década después nos encontramos con la SOPA en EEUU y con la ley Sinde en España (finalmente aprobada por el mismo PP que cuando estaba en la oposición utilizó a su prensa afín para criticar dicha ley, afirmando que era una regalía para los actores y músicos “de la ceja” afines añ PSOE), leyes restrictivas, arbitrarias y draconianas más propias de China o Turquía que de una supuesta democracia. Leyes para mayor beneficio de los propios editores contra cuyos abusos pretendía luchar el Copyright.

Y no seamos ingénuos, lo que se están creando son peligrosos precedentes legales, y no sólo en el ámbito de los derechos de autor. El cierre de webs empieza por aquí, pero de ahí a censurar “contenidos ofensivos” no habrá nada, y contenidos ofensivos será todo lo que al gobierno de turno, llámese PP o PSOE en este país, incomode o amedrente.

Como bien remarcó Stefan Zweig en su autobiografía “El mundo de ayer”, desde el periodo de entreguerras en Europa hemos ido perdiendo libertades paulatinamente.

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