Fake news: desinformación, intoxicación y propaganda

La proliferación de noticias falsas era uno de los temas de debate candentes antes de que comenzase la crisis de la COVID19 que con razón ha fagocitado toda la atención informativa en el último año y medio, lo que no quiere decir que la aparición del virus haya significado la desaparición de este fenómeno que, muy al contrario, parece incluso haberse desbocado con una cantidad inusual de teorías conspiracionistas presentes en ámbitos donde jamás habían llegado antes. En 1986 Alan Moore planteaba en su tebeo Watchmen que una catástrofe mundial uniría a la humanidad más allá de credos y fronteras, hoy podemos decir que Moore pecó o de ingenuo o de optimista y que el New Frontiersman, el panfleto que aparecía en el tebeo como parodia de los tabloides criptofascistas conspiranoicos, probablemente sería un digital del que te llegarían enlaces a través de un grupo de WhatsApp familiar o del trabajo.

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No es que el uso de la desinformación con objetivos políticos o militares sea algo nuevo, algo nativo de la era digital y el siglo XXI pues ya Tsun Tzu en su tratado El Arte de la Guerra reconoce el engaño con objetivo de desmoralizar a la tropa enemiga como una de las más poderosas armas de las que servirse, arma que fue perfeccionándose durante años, que cobró gran importancia durante la I Guerra Mundial y que alcanzó su estilo moderno en los años previos a la II Guerra Mundial, sirviendo la Guerra Civil Española como gran banco de pruebas de sus posibilidades. Posteriormente los años de la Guerra Fría nos dejarían cientos de ejemplos de cómo las dos grandes superpotencias utilizaban de manera habitual bulos y noticias falsas para desacreditar a su rival en lugar de lanzarse a un conflicto armado. Aunque estemos viendo en principio la propaganda como un arma entre dos naciones enfrentadas tenemos que tener presente que de su uso también se benefician partidos políticos y organizaciones empresariales, la concepción de la política como “guerra” del autor afín al nazismo Carl Schmitt fue clave para la popularización de ese tipo de estrategias.

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Las tecnologías disruptivas  que facilitan la comunicación masivas han sido claves también para incrementar la eficiencia de esta propaganda: el abaratamiento de los medios de imprenta a finales del siglo XIX o la irrupción de la radio en el periodo de entreguerras fueron grandes hitos para la democratización del acceso a la cultura pero también fueron grandes amplificadores de propaganda sin los cuales, por ejemplo, sería imposible explicar el ascenso de los fascismos en el Periodo de Entreguerras. A finales del siglo XX y comienzos del XXI internet tendría un papel fundamental al convertirse en el nuevo gran medio de comunicación masivo, si bien en un primer momento las noticias falsas más aberrantes y las teorías conspirativas más marcianas no acostumbraban a salir de círculos extremistas reducidos, distribuyendose a través de listas de correos primero y de foros después donde su impacto era relativamente pequeño. La aparición de las más importantes redes sociales (Facebook, Twitter y Youtube principalmente)  y de los sistemas de mensajería instantáneos (el omnipresente WhatsApp en Europa, Facebook Messenger, Telegram y Line en otras latitudes) en la década de 2010 ha dado un impulso definitivo a estas estrategias desinformativas. El general Valery Gerasimov, jefe del Estado Mayor ruso, destacaba la importancia de estas estrategias cuando estudiaba el surgimiento de las llamadas “Primaveras Árabes” y acuñaba el término “guerra híbrida” afirmando que la desinformación y la propaganda eran tan o más importantes que las armas, que las guerras del futuro se nutrirían cada vez más de estos elementos. Estos movimientos surgidos en el norte de África tuvieron en común la importancia de las redes sociales y los sistemas de mensajería como vertebradores de las acciones antigubernamentales, junto a herramientas para la navegación segura como proxys, VPN’s o la red TOR que eran mencionadas a diario en la prensa.

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¿Por qué son tan efectivas estas estrategias de propaganda basadas en bulos y noticias falsas? Principalmente por cuatro factores:

  • Explotan vulnerabilidades sociales ya existentes y previamente muy bien estudiadas. Se busca con ellas la polarización en debates públicos que ya estaban resultando polémicos y se aprovechen de las agendas mediáticas de partidos políticos y empresas tanto para reforzar su posición como para generar recelo hacia las posiciones opuestas. 
  • Son económicamente eficientes ya que los costes de generar y distribuir información de forma masiva cada vez son más bajos. Alcanzar audiencias de cientos de miles de personas pasó con la irrupción de las redes sociales a ser posible con unos pocos miles de euros en lugar de requerir inversiones millonarias. Tanto por el menor coste de la publicidad para lograrlo como por el abaratamiento de los medios técnicos: lo que antaño necesitaba de un fotógrafo profesional, un periódico y una cadena de televisión ahora se puede sustituir por aplicaciones de fotomanipulación, perfiles de redes sociales y un teléfono con capacidad de emitir vídeo en directo. Además la facilidad para compartir contenidos permite que las audiencias crezcan rápidamente.
  • Es complicado detectar una de estas campañas hasta que se vuelve masiva pues siempre se busca la apariencia de que los bulos son distribuidos por individuos. De hecho cuando la campaña ya ha cogido impulso eso acaba ocurriendo, una campaña exitosa acaba siendo distribuida por “tontos útiles” que desconocen estar sirviendo a los intereses de alguien. Esta forma de distribución además dificulta el poder establecer una relación directa para denunciar al promotor de la campaña, al ser altamente complejo demostrar que tras ella está una empresa, partido político o incluso un país.
  • Para las democracias liberales legislar contra este tipo de ataques es muy complejo dado que el control de la información puede chocar frontalmente con los derechos a la libertad de expresión y de opinión. Si bien para nosotros puede parecer fácil distinguir una opinión de una mentira descarada en el lenguaje jurídico, donde los veredictos además se basan en hechos y no en opiniones o sensaciones, esto se torna mucho más complejo. Cosas como manejar múltiples perfiles en redes sociales o crear canales de Telegram donde se difunden bulos no son delitos y muy probablemente no pueda legislarse de ninguna forma contra ello.

La metodología seguida en estas campañas siempre comienzan con el primer punto antes citado: detectar y analizar las vulnerabilidades sociales y políticas de un estado. Actualmente la cantidad de información pública disponible es mayor que en cualquier momento anterior de la historia, lo que antes se decía en la barra de un bar y “se lo llevaba el viento” ahora queda escrito en redes sociales y asociado a un perfil con muchos otros datos. Esta proliferación de información en medios públicos ha llevado también a que existan más herramientas que nunca para analizarla, esa información tiene valor no solo a nivel de marketing, también como arma estratégica y política: pueden crearse todo tipo de perfiles, desde segmentados por edades, género, ingresos, nivel de formación… hasta estudios individualizados, todo dependiendo de la capacidad técnica y, sobre todo, económica de quien realice dicho estudio

Una vez realizado este tipo de estudios quien quiera lanzar una campaña de desinformación poseerá un conocimiento muy valioso: saber qué le preocupa a la gente, saber qué atemoriza a la gente, saber qué enfada a la gente y conocer sus sesgos y prejuicios (todos los tenemos) para explotarlos de forma eficiente. Todo ese conocimiento nos lleva al siguiente punto: la creación de una narrativa, literalmente “escribir un guión”, un guión que resulte “creíble” en base a los sesgos y vulnerabilidades que ya han detectado y pensado para ser emitido a través de diversos medios y plataformas.

Con ese guión, con esa narrativa ya definida el punto final sería la comunicación/distribución de su discurso. Como ya comenté al principio, la aparición de nuevos medios de comunicación masivos ha facilitado mucho este paso. A nivel de marketing los medios de comunicación suelen categorizarse en tres grupos: medios propios, medios pagados y medios ganados. Los primeros serían los medios creados por una asociación/empresa/marca para comunicarse directamente con sus potenciales consumidores, ciñéndonos al tema de guerra informativa/propaganda política que tratamos pues podríamos pensar en un diario digital diseñado para hacer propaganda del ideario de un partido y esparcir rumores maliciosos contra los partidos contrarios, esto con un doble objetivo: movilizar a sus partidarios y desmovilizar a sus contrarios. Los medios pagados serían aquellos que difunden el mensaje de una asociación/empresa/marca a cambio de una compensación económica, ya sea directamente a través de anuncios publicitarios, ya sea de formas más soterradas publicando artículos supuestamente “libres” pero que están alineados con los intereses del pagador. Finalmente los medios ganados son los comentarios que hacen terceras personas influyentes sobre una asociación/empresa/marca sin que esta haya pagado por ello, por ejemplo cuando el que lanzó la campaña de desinformación logra hacer suficiente ruido y mete los temas que le interesan en debates y tertulias sin necesidad de tener que pagar a nadie. Normalmente las estrategias de información informativa avanzan en ese orden: empiezan en sus medios propios, si ven que logran captar interés invierten en medios pagados para amplificar ese mensaje y cuando ya han logrado que mucha gente hable de ello aparecen otros medios a reproducirlo porque creen que ganarán audiencia.

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Además de la facilidad para crear medios propios y canales de distribución que nos ha dado internet y la proliferación de dispositivos personales, hay otro factor a tener en cuenta a la hora de propagar esta información: la automatización. Existen múltiples herramientas, a veces bastante asequibles, para enviar y difundir su propaganda: a través de bots que repiten un mensaje en redes sociales o a través de canales previa suscripción se bombardea con titulares a sus potenciales partidarios.

Pero ¿por qué resultan tan creíbles y atractivas las noticias falsas? Como decía antes, primero se recopilan la mayor cantidad de datos públicos posible, luego se analizan y finalmente se crea un guión. Dicho guión está basado en los sesgos y prejuicios que se han detectado en el público objetivo de la noticia falsa, que estará diseñada para ser “confortable” para su consumidor, es decir, le dará la razón, le hará creerse más listo, perspicaz e informado porque está “confirmando” lo que ese lector “creía”. Para que la noticia sea eficaz tiene que tener algunos elementos de realidad, hablar de personajes reales famosos y de situaciones previamente conocidas para que el receptor se sitúe. Suelen estar redactadas con un lenguaje sencillo, directo y a veces incluso vulgar, con un estilo generalmente agresivo, apelando a los sentimientos por encima de la lógica o la razón y relatando hechos escandalosos y exagerados, un relato que explota los sesgos conocidos de su consumidor y que para alguien que no encaje en ellos seguramente resulten totalmente increíbles. También encontramos casos en los que la información no es realmente falsa, pero que es presentada de forma que lleve al consumidor a hacerse una idea alejada de la realidad, ya sea por la omisión de detalles claves para entenderla o por la descontextualización de la misma.

Otro elemento a tener en cuenta es que en muchos casos estas intoxicaciones informativas forman parte de estrategias a largo plazo. Si nos paramos a analizar estas estrategias y sus ecosistemas de fake-news nos encontraremos que en muchos casos las noticias falsas más antiguas no citan fuentes, pero si miramos noticias falsas recientes veremos que en ellas se reutilizan aquellas noticias falsas antiguas como fuente para las nuevas, dándoles un cierto aspecto de legitimidad y utilizando el recurso de la reiteración para hacer su discurso más sólido.

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Es realmente complicado no caer en las noticias falsas, por más que lo intentemos siempre se nos colará alguna, no hay que sentirse mal por ello porque están diseñadas para eso, para engañarnos, para ser mentiras confortables que encajan en nuestra cosmovisión y nos hacen sentir validados y “más listos que el vecino”. El bombardeo es constante, no hay tiempo para comprobar toda la información que nos llega, la profesión periodística está tan devaluada que incluso medios “serios” y “profesionales” publican noticias que por su descontextualización o marcado sesgo pueden ser calificadas de falsas y a veces estas noticias nos llegan a través de gente de confianza como amistades o familiares. 

Esto último es una opinión personal ya, yo tengo la teoría de que existen tres tipos de difusores de noticias falsas: el que cree que la información es real y no lo comparte de forma malintencionada, el que sabe que la noticia es falsa pero la comparte igual y el que hace un acto de fé para creerse la noticia. Con el primer tipo de difusor se puede razonar, se le pueden presentar pruebas de que lo que afirma es falso y debatir sobre la noticia, con los otros dos tipos de difusores no. El que comparte algo a sabiendas de que es falso lo hace solo por objetivo propagandístico, lo hace porque cree que tiene una utilidad política para su causa política/social/económica. Finalmente quien actúa “por fé”, quien elige creer algo simplemente porque aunque sea increíble encaja en su visión del mundo y eso hace que tenga una sensación de seguridad tampoco es alguien que vaya a razonar, alguien con quien se pueda debatir. En el caso de estos dos últimos personajes yo opto por no darles repercusión, no malgastar energías intentando cambiar un punto de vistas que no tienen interés en modificar y centrarse en limitar su capacidad para reproducir su propaganda, lo que viene siendo un “block” de toda la vida en foros y redes.

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