¿Cómo funciona el terror en la ficción?

El terror siempre ha sido «mi género» a la hora de escribir, herencia de mi abuela que hablando de cine siempre decía que le gustaban «las de miedo o de asesinatos«, siendo gran fan de las «Historias Para No Dormir» de Chicho Ibáñez Serrador o de la mítica serie de «Alfred Hitchcock Presenta» . Ella había descubierto a Edgar Allan Poe a través de aquellas series de televisión y me transmitió su pasión por el desdichado escritor bostoniano. Empecé a leer a Poe durante un apagón en agosto de 1997 (en los 90 era habitual que se fuera la luz varias horas durante las tormentas, al menos en mi pueblo), un par de años después ya en el instituto me obsesionaría con Lovecraft, y en medio me había enganchado a Drácula ya que me coincidió el centenario de la novela con nuevo interés por las historias de terror. Lo intenté después con Stephen King pero no logré pillarle el gusto, vi las películas que se consideraban clásicos esenciales y el punto de no retorno ya serían las antologías de tebeos cortos de la EC ,que por aquel entonces recopilaba Planeta en su «Biblioteca de Cómics de Terror» , seguido por el descubrimiento de los de la Warren y, como no, las de los grandes autores españoles de los 70-80 que publicaban en la versión española de Creepy, u otras como Vampus, Morbo, Dossier Negro o Zona84, viejas revistas que conseguía a través de conocidos de más edad. En ese punto no había vuelta atrás, ya estaba condenado a ser un amante de las historias malrolleras de por vida.

Estoy intentando no usar el término «consumidor» para referirme a las personas que disfrutan de una obra en cualquier formato, pero por otra parte aquí hablo de terror en cualquier forma narrativa, así que podemos tener a lectores de libros o cómics, a oyentes de una ficción en audio, a jugadores de un videojuego o a espectadores de una película o serie, incluso a un grupo de personas sentadas junto a una chimenea compartiendo historias de miedo, por lo que usaré de forma genérica el sustantivo «receptora» durante el texto para referirme a estar personas.

Según su temática existen diversos subgéneros de terror, no son una cantidad fija y variarán dependiendo a quién preguntemos y qué criterio use esta persona para delimitarlos. Yo personalmente suelo dividir el terror en tres categorías en base a lo que se intenta hacer sentir a la persona receptora de la obra:

  • Terror Puro: Cuando la intención de la obra es causar miedo, inquietud o repulsión en la receptora.
  • Terror Erótico: En este caso la historia busca la excitación sexual de la receptora utilizando elementos de terror para conseguirlo. Aunque pueda soñar extraño el miedo y la excitación solo están separados por una fina línea, y tenemos por ejemplo docenas de historias de vampiros que explotan esta idea.
  • Terror como contexto: Aquí metería las historias que tienen elementos propios del terror, como monstruos, asesinos en serie, entornos hostiles… pero la narración no busca el miedo, sino tratar otros temas en un contexto de terror, como aventuras, romance, acción, etc. Pondré un par de ejemplos: los tebeos de Hellboy en su mayoría son aventuras pulp pero con monstruos y demonios, o la película sueca Låt den rätte komma in (en castellano Déjame Entrar), un drama que toca temas como el bullying o el primer amor pre-adolescente, pero también con elementos de cuentos de vampiros. Si bien es una etiqueta que en principio aplico a obras individualmente hay subgéneros enteros, como el dark fantasy o el dark romance, que encajarían ya en esta etiqueta. Incluso incluiría las parodias de obras de terror en este subgrupo, ya que buscan la hilaridad a través de la caricatura del género.

Más allá de la intención de la obra también nos preguntamos ¿Cómo se construye el terror? ¿Qué es lo que nos da miedo? Creo que cada género tiene sus ideas centrales, sus temas universales, sus personajes arquetípicos, elementos que conforman el «mecanismo» que hace que esa obra funcione y consiga su objetivo. Hay quien dice de forma tópica que «la risa es el lenguaje más universal» pero yo disiento completamente, para mí el drama es el lenguaje más universal, todos los dramas que he visto al final siempre orbitan alrededor de la misma idea: la pérdida, independientemente de la cultura en la que surja la obra, todas las tragedias hablan de pérdida. El humor en cambio creo que es algo que puede construirse de muchas maneras, pero que depende tanto de elementos culturales (idioma, clase social, edad, nación, ideología, cosmovisión, referentes cinematográficos o literarios…) que lo que a una persona le resulta hilarante a otra le puede resultar insulso o incluso ofensivo. El historiador italiano Carlo Maria Cipolla hacía un análisis del «humorismo» en el prólogo de su ensayo «Allegro Ma Non Troppo» en el que lo explica bastante mejor de lo que yo podría hacerlo.

Volvamos ahora al terror y a la pregunta de antes ¿cuales son esos «mecanismos» para construir terror? El miedo proviene de introducir en la receptora la idea de una amenaza que le genere una sensación de inseguridad. Yo agrupo las distintas narrativas de terror en cinco grandes bloques temáticos:

  • No estás solo, cuando deberías estarlo: Tradicionalmente suele pensarse que estar «solo en la oscuridad» es un elemento clásico del terror, pero realmente no tememos estar solos en la oscuridad sino el no estarlo, el miedo es que en esa «oscuridad» haya «algo». La idea de que un espacio que debería ser seguro esté invadido por un ente/criatura/persona con intenciones potencialmente malas abarca desde el tradicional cuento de fantasmas hasta al asesino dentro de la casa de Scream, incluso Freddy Krueger irrumpiendo en los sueños de su víctima.
  • Tu cuerpo ya no es «tu cuerpo»: La modificación corporal indeseada o la pérdida de control sobre el propio cuerpo es uno de los grandes temas del terror, un tema presente en la narrativa desde la antigüedad clásica mediterránea. Podemos trazar una línea que una a la Gorgona que petrifica a quien la mira o a ciertas maldiciones de los dioses olímpicos que convertían a humanos en árboles o animales y llegar al body horror o a la New-Flesh de Cronemberg, al final todo gira en torno a la modificación indeseada del cuerpo humano. Aunque también metería en esta categoría la pérdida de control sobre el cuerpo: las historias de licántropos y otros «hombres-bestia» existentes en diversas culturas que acabaron inspirando la dualidad entre Jeckyll/Hyde en la famosa novela de Stevenson, las posesiones demoníacas en las que un espíritu malvado toma el control de un cuerpo humano o las historias en las que una mente-colmena controla a una población.
  • Te arrolla un poder casi infinito: El subgénero del «horror cosmico» gira en torno a este concepto, pero no nos quedemos solo en los monstruos extradimensionales de la literatura de Lovecraft, esta idea puede aplicarse a muchos otros contextos como una invasión alienígena, una infestación zombie, un desconocido virus incurable que se contagia con facilidad, una maldición que libera el Infierno en la Tierra, una rebelión de máquinas asesinas, todo el aparato represivo de una dictadura despótica o incluso la extrema desigualdad creada por unos mercados económicos sin controles ni frenos. Aquí el terror reside en la enormidad de la amenaza, que hace que el personaje amenazado se sienta minúsculo, ínfimo. En este contexto es posible incluso que la amenaza ignore la existencia del protagonista, es simplemente una fuerza que arrasa con todo a su paso.
  • El entorno quiere matarte: En muchas narrativas el peligro no está representado por un ente individual, sino por el entorno que rodea a los protagonistas, el lugar en el que están: una naturaleza hostil, un clima extremo, una serie de defensas tecnológicas mortales, una oscura cultura olvidada… Por ejemplo, una situación clásica dentro del subgénero del folk-horror es que todo un pueblo quiera sacrificar a algún protagonista en un ritual.
  • La inevitabilidad de una situación de peligro: Similar a la cuestión del poder infinito, por la impotencia del personaje ante un peligro que le amenaza, aunque en este caso no se trate de una fuerza imparable sino simplemente de una situación en la que no tiene el control. El mayor miedo de mi abuela era ser enterrada viva, un caso similar en la literatura lo tendríamos por ejemplo en El Barril de Amontillado o en El Pozo y el Péndulo, ambos de Poe, donde sus protagonistas están atrapados frente a un peligro mortal pero no tienen forma de huir.

Finalmente también apuntaría en que, como en cualquier narrativa, el estilo y la estética tienen gran importancia. Para funcionar correctamente una narrativa requiere tanto de forma como de fondo, y con esto no me refiero solo a los medios técnicos (el reparto, iluminación, maquillaje o efectos especiales en una película, el sonido ambiente y la modulación de la voz de una ficción sonora, la precisión del trazo del dibujante en un cómic) sino también a la propia estructura de la narración, el tono de la historia, el ritmo que imponemos al contarla, el lenguaje visual en caso de obras visuales y las imágenes que podamos evocar en la mente de la receptora en las no visuales… todo esto será fundamental para conseguir el éxito de la obra, para construir esas ideas que provoquen las sensaciones deseadas en la receptora.

En fin, no soy un teórico ni un experto, es posible que haya soltado un montón de cuñadeces en este texto, si os ha parecido interesante me doy por satisfecho, y si os ha parecido una burrada pues siempre podéis ponerme a parir en los comentarios.

¡Un saludo chavalada!

"El Castelhano"

Mientras preparaba el B2 de portugués hace un par de años escribí este cuentecillo de terror.

Enquanto estava a estudar para o exame do B2 de português há dois anos escreví esta pequena história de terror.

Foi na altura da noite do São João do 1937 que disse isto se passou. Ainda vivem numa pequena aldeia do município de Bragança, já muito idosas, as que sendo meninas conheceram a história de  “El Castelhano”, mas ainda passados mais de 80 anos não gostam de falar apesar do longínquo da data em que aconteceu.

Ele chamava-se Manuel Alcantarilla e nascera numa fazenda em Villalar no 1915, filho duns camponeses que fizeram algum bom dinheiro na Argentina, mas enquanto morou em Portugal foi nomeado “El Castelhano” pela sua origem. Ele cruzara a fronteira em novembro de 1936 para fugir da Guerra Civil espanhola mas não havia pessoa nenhuma quem soubesse com certeza a sua história. Uns diziam que ele fora militante do anarquismo e que os fascistas queriam-o prender, mas outros pensavam que ele era um rico que ficou na ruína porque os comunistas tiraram-lhe a fazenda, mas tudo era falar por falar e inventar já que ninguém conhecia a verdade.

Por meses esteve “El Castelhano” a morar na vila de Bragança, sem trabalho conhecido mas a gastar muito dinheiro em festas e vinhos. Ele era mesmo bonito, muito cortês  e espantoso dançarino e as mulheres da sua idade ficavam namoradas pelo seu charme. Os outros jovens da vila piraram da cabeça quando ele se namorara com a Joana, uma moça de 18 anos de formosa cabeleira castanha e grandes olhos pretos, muito meiga ela, de facções de muita beleza e, também, filha dum rico comerciante da vila e sobrinha também do autarca dum município vizinho. O pai da moça não ficava contente, mas ele já pensara em mandar a sua filha a estudar na Universidade de Coimbra após o verão e tinha a certeza de que ela teria de esquecer-se lá daquele namorado que só gastava dinheiro em tabernas.

Foi na manhã do 22 de junho que o pai disse à filha que tinha uma vaga na Universidade e que no mês de agosto ela teria de deslocar-se já para a casa de uns primos em Coimbra onde havia de morar enquanto estudava. A moça sentiu-se confusa, ela gostava de seu namorado mas também a ideia de conhecer uma nova cidade e de poder atingir um trabalho como doutora em medicina eram coisas que ela via atrativas.

A Joana foi falar com “El Castelhano” para lhe contar as novas sobre os seus estudos mas este não gostou. Ele falou sapos e culebras do pai e das mulheres que queriam estudar e trabalhar e, após isso, fez uma proposta a Joana: roubar o dinheiro e as jóias da família e fugir juntos num barco até o Brasil ou a Cuba. A moça não entendeu e ficou machucada pelas palavras do seu namorado.

Nessa noite do 22 de junho alguns vizinhos da vila ouviram na noite um cavalo a correr muito rápido. Na manhã do 23 os gritos duma mulher atingiram os ouvidos da população, era a criada da família da Joana que nessa manhã achou ela e o pai mortos, com duas facadas nas costas. Os vizinhos foram na procura do namorado mas nem ele nem coisa alguma das suas pertenças puderam achar. A notícia correu bem as pressas e não tardou em ser conhecida pelo tio da Joana, que ordenou que a polícia toda começara a procura do suspeito criminoso. Os homens das duas vilas foram na caça do nomeado assassino, uns por sentido da justiça e outros com ideia de receber algum pagamento do rico autarca, destrozado pela dor da morte de seu irmão e sua sobrinha. O poder daquele homem era muito, e até o engenheiro Álvaro da Lima Henriques foi avisado para procurar ao criminoso nos comboios e estações de todo Portugal. Mas “El Castelhano” era muito esperto em fugidas e por isso escolheu percorrer os montes nos lombos dum cavalo, imitando a forma que usara para fugir até Portugal. Ele cavalgou até que o animal ficou sem forças e, sabendo que estariam já na sua procura, decidiu seguir a caminhar. Ele sabia  que tinha de esquivar as grandes vilas para fugir da a polícia, e a sua ideia era chegar até o sul e pegar um barco até Marrocos, morar no Tânger enquanto gastava o dinheiro roubado.

Quando começou a caminhar a névoa tingiu de gris o ar ao redor dele e os caminhos voltaram-se confusos. O fugitivo começou a sentir que as coisas estavam a se lhe trocar na contra. Por seis horas ele andou por caminhos entre os pinheiros até que viu um velho cruzeiro que conhecia muito bem, e então compreendeu que estava a caminhar na direção contrária, e que desfizera o caminho ganhado. A névoa era cada vez mais fechada e o sol começava a se ocultar. As muitas horas de caminho e carga faziam que “El Castelhano” tivesse dores nos joelhos e ficava já fatigado. Quando a noite pintou o céu de cores pretas ele já não fazia ideia de que caminho seguir e decidiu procurar um abrigo onde dormir. Ele achou uma cova e decidiu guardar-se nela.

Dizem as que recordam ainda essa noite do São João que os lobos uivaram a noite toda. No dia seguinte um grupo de homens que procuravam ao fugitivo acharam o seu corpo fora da cova onde se escondera. Alguém tinha tirado a língua da sua boca e metera-lhe as jóias dentro dela. Os seus olhos mortos tinham ainda o reflexo do medo aterrador. Há quem pensa que foi algum amigo das vítimas quem lhe deu tal morte, mas também há quem diz que na noite do São João as almas dos defuntos andam pela terra, e algumas têm contas que saldar.

La mañana siguiente

Me levanté al mediodía, hacía frío, mucho frío, al menos yo tenía frío. Un persistente zumbido resonaba en mis oídos, como un abejorro que se hubiera perdido buscando flores en un mar de asfalto. Al poner el pie en el baldosín del suelo sentí como si caminara sobre hielo, sentí como la planta se me dormía mientras el entumecido talón de Aquiles me molestaba al caminar hacia la sala. El cambio de habitación era agradable, pasar del frío de la baldosa al parqué de aquella más cálida estancia donde reposaban todavía los restos de la cena de la noche anterior, donde flotaba en el aire el aroma a tabaco mezclado con cerveza.

Apartando un montón de ropa sucia me hice un hueco en el sofá y me acomodé. Estiré las piernas ya que todavía me molestaba el talón, en un vano esfuerzo por desentumecerlo. Alargué mi brazo y cogí una de las latas que había sobre la pequeña mesa frente al sofá. Al dar el primer trago noté el sabor de la ceniza. Alguien, probablemente yo, había apagado dentro su cigarro. A pesar de todo me lo tragué, mala idea porque aquel asqueroso brebaje estuvo a punto de provocarme el vómito. Dejé la lata de nuevo sobre la mesa y me giré un poco para alcanzar la caja de ibuprofeno que había al lado ¿Por qué no estaba en el baño? ¿Por qué la dejé ahí ayer? Probablemente preveía la resaca que me iba a amargar la mañana. Bajo la batamanta empecé a sentirme más cómodo, el talón de aquiles empezaba a molestarme menos y un calorcito agradable me rodeaba.

Abrí los ojos de golpe, el tic tac del reloj sonaba como un martillo clavando una piqueta de acero en un muro de piedra. Contraje los hombros para hacer crujir la espalda, me había quedado dormido otra vez. ¿Cuánto había estado dormitando en el sofá? Giré la cabeza en busca del reloj que se clavaba en mis tímpanos. Las dos, casi dos horas. El ibuprofeno me había quitado el dolor de cabeza, pero mi estómago parecía decidido a digerirse a sí mismo, la acidez y la náusea se pegaban por ser la sensación dominante en mi sistema gástrico. Sentí un dolor punzante, como una puñalada dentro del estómago que me hizo doblarme. Me levanté perezosamente, era hora de comenzar a ordenar el piso, cuánto más lo demorase peor sería.

Metí en una bolsa de basura varias latas de cerveza y vacié los platos dentro también, debería reciclar pero a ciertas horas la cabeza no está para diferenciar lo orgánico de lo plástico. Los restos de ceniza fueron a parar al mismo sitio, junto a las colillas, una caja de pizza y dos grasientos envoltorios que antes contuvieron unas deliciosas raciones de pan de ajo. Llené el cubo de la fregona con agua y lejía y puse una pota al fuego con agua, recogí del suelo la ropa que había despejado del sofá y la introduje en la bolsa de basura junto al resto de los desperdicios. Puse la bolsa junto a la puerta para no olvidarme de sacarla. Me fui al cuarto trastero y cogí un viejo saco de dormir. Con esfuerzo introduje en él el cadáver desnudo que yacía en medio del salón. Una vez dentro del saco lo dejé apoyado junto a la bolsa de basura. El agua estaba a punto de hervir así que eché un buen chorro de lavavajillas sobre el charco de sangre que rodeaba al cuerpo, los quitagrasas son buenos para limpiar la sangre seca. Cuando el agua rompió a hervir apagué el fuego y retiré la pota. Vertí el agua caliente sobre aquella masa de un rojo oscuro que comenzaba a oler mal, y la mezcla de lavavajillas con agua caliente surtió el efecto deseado, haciendo un buen montón de espuma y ablandando la sangre. Una vez licuada no fue difícil fregarla y desinfectar la zona con lejía, aunque tuve que usar el nanas metálico para limpiar bien un surco que se había hecho junto a la pata de la mesa. Un día me dijeron que el agua oxigenada también iba muy bien para limpiar la sangre, pero no lo he probado.

La resaca seguía martillando mi cabeza, así que puse una lasaña congelada en el horno y mientras se hacía lavé los vasos y platos que esperaban en el fregadero. Mientras veía en la televisión la enésima reposición del capítulo de los Simpson en el que Bart se convierte en heredero de Burns me comí aquella pasta blandurria rellena de una masa rojiza con trozos de carne de algo que podría ser tanto cerdo como caballo. Me di una ducha calentita que me ayudó a despejarme y a limpiar de las uñas restos de sangre reseca. Me vestí, hice la cama y volví al sofá, donde me puse a leer un rato unos cómics de X-Men mientras escuchaba de fondo la narración de un Joventut – CAI Zaragoza, no porque tuviese interés en el baloncesto sino para evitar escuchar el ruido que hacen los vecinos por la escalera. Necesitaba hacer tiempo hasta el anochecer, hasta una hora en que la oscuridad me permitiese sacar la bolsa de basura y el cuerpo dentro del saco de dormir del piso.

Odio estos domingos de invierno en los que te levantas con resaca y un cadáver en el salón, te pasas el día con agujetas, malestar general y esperando la hora de poder deshacerte de todo. No vuelvo a beber, la última vez, lo juro, no lo vuelvo a hacer.