PostgreSQL vs MySQL

¿Qué animal te gusta más?¿El delfín o el elefante? Es una pregunta complicada, a fin de cuentas ambos son dos mamíferos simpáticos, así que a la hora de elegir un SGBD no será la mascota quien decante la balanza hacia un lado u otro.

Haciendo un poco de historia, Postgres es más veterano. El proyecto nació en la universidad de Berkeley en el año del mundial de Naranjito (1982), aunque no incluyó un intérprete de SQL hasta 1995 (antes utilizaba un lenguaje propio, el Postquel), cuando Andrew Yu y Jolly Chen lo metieron en la versión 4.2, dando lugar a Postgres95, que luego se convertiría en PostgreSQL (bajo licencia BSD), y que a principios de la década de los ’00 sería el SGBD más popular. Por su parte MySQL, creado por la empresa sueca MySQL AB (y está bajo licencia GPL desde la versión 3.2), nació a finales de los 90 y allá por 2004, con su versión 4.1, ya se había convertido en el SGBD de código abierto más popular, por encima de PostgreSQL. Desde aquella ha permanecido en el número 1 de forma incuestionable, aunque en los últimos meses se está viendo un cambio de tendencia, con muchos usuarios volviendo a PostgreSQL.

Este cambio se debe a que, en 2008, MySQL AB fue adquirida por SUN Microsystems (hasta ahí, sin problemas), empresa que fue comprada en abril de 2009 por la multinacional Oracle (ahí empezó el mosqueo). Oracle tradicionalmente ha sido una empresa vinculada a la filosofía del software propietario, pioneros en la innovación de complejos sistemas anticopia para sus productos y con fama de “peseteros” (dicen que a su lado las hordas de Gates y Jobs parecerían discípulos de Stallman). Las primeras medidas de Oracle fueron encarecer las tarifas de soporte y cargarse las gratuitas, lo que puso la mosca tras la oreja a muchos usuarios de MySQL. Además, la existencia de un SGBD privativo (y bastante caro) de Oracle lleva a muchos a pensar que puede haber un conflicto de intereses, que puede llevar a Oracle a dejar un poco de lado MySQL para centrarse en su producto privativo.

No me meteré a buscar diferencias en sus motores, sus funciones o sus funcionalidades, dado que no los he estudiado tan profundamente y mi conocimiento se basa, simplemente, en el uso que he dado a los mismos en proyectos Java o PHP. Estudiando DAI mayoritariamente utilizaba MySQL para ese tipo de proyectos (y alguna vez MS-SQLServer de Microsoft, aunque comparando a nivel de usuario creo que no merece la pena pagar el precio de la licencia disponiendo, gratuitamente, de dos SGBD tan potentes como estos, sin contar las implicaciones morales de las licencias de uno u otro), aunque en los últimos meses he estado probando PostgreSQL.

A la hora de utilizar ambos SGBD en Java apenas he notado diferencias, en cuanto a funciones existentes. En PHP en teoría hay más funciones para MySQL, pero yo al menos no he notado que falte ninguna esencial, y hasta me parece más flexible a la hora de realizar la conexión a la base de datos. MySQL supera a PostgreSQL en todo lo referente a velocidad, tanto en consultas pequeñas como en las más grandes (para 1.000.000 de inserciones con datos aleatorios, en el mismo equipo, MySQL lo hace en un 25% menos de tiempo). En cambio el elefante gana en otros campos: tanto a la hora de mantener la integridad referencial, a la hora de usar triggers, en estabilidad y seguridad, a la hora de utilizarlo para programar cosas complejas o en cuanto a facilidad de uso. MySQL tiene más funciones predefinidas, aunque no permite crear tipos de datos definidos por el usuario como si lo hace Postgres. Si se trabaja con datos del tipo “TIME”, Postgres da mucha mayor precisión que MySQL (en determinados casos esto puede ser importante, en otros trivial). A la hora de la instalación, tanto en Windows como en Linux el premio es para los chicos de Berkeley, y de hecho en Windows XP da bastante la lata instalar el Workbench (entorno gráfico) de MySQL.

En resumen ¿Cual es mejor? Es difícil decidirlo. El debate en internet es encarnizado y lleva abierto el último lustro, con fanboys de ambos SGBD tirándose los trastos a la cabeza. Por las características de cada uno, bien diferentes, la conveniencia de usar uno u otro es una cuestión más del ámbito del uso que se le dará al mismo que de las características intrínsecas de cada software. PostgreSQL seguramente sea más indicado para aplicaciones complejas o que requieran una mayor seguridad (datos bancarios, datos sanitarios) mientras que MySQL se lleva la palma en cuanto a velocidad y bajo consumo de recursos, haciéndolo más adecuado para almacenar usuarios de una página web sin datos trascendentales, por ejemplo.

El peligro de los E-Books (traducción de un artículo de Richard Stallman)

Nota del traductor: Llevaba un tiempo dándole vueltas al tema de los E-books, de cómo a largo plazo pueden cambiar la forma en que los lectores accedemos a las obras e interactuamos con ellas, y me encontré con este reciente artículo de Richard Stallman advirtiendo de lo mismo. Así que en lugar de escribir el artículo al que estaba dándole vueltas lo que ahora publicaré es una traducción del suyo, para los no angloparlantes. Intentaré hacerlo de la forma tan literal como mi nivel de inglés permita, espero que lo disfrutéis y meditéis sobre ello. Podéis consultar el original aquí

 

The Danger of E-Books (El peligro de los E-Books)

Richard Stallman

En una era en la que las empresas dominan a nuestros gobiernos y escriben nuestras leyes, cada avance tecnológico les ofrece a estas empresas una oportunidad para imponer nuevas restricciones al público. Tecnologías que podrían ayudarnos son utilizadas, en cambio, para encadenarnos.

Con los libros impresos:

  • Puedes comprarlos con dinero en metálico, de forma anónima.
  • Eres su propietario.
  • No se te hace firmar una licencia que te restringe su uso.
  • El formato es conocido, y no se requiere de una tecnología propietaria para leerlo.
  • Puedes regalar, prestar o vender el libro a otro.
  • Puedes, físicamente, escanear y copiar el libro, y este sólo a veces está bajo copyright.
  • Nadie tiene el poder de destruir tu libro.

Compáralo con los libros electrónicos de Amazon (un caso típico):

  • Amazon exige a sus usuarios identificarse para comprar un libro.
  • El algunos países Amazon afirma que el usuario no es el propietario del libro.
  • Amazon exige al usuario aceptar una licencia restrictiva para usar el ebook.
  • El formato es secreto, y sólo un software propietario restrictivo puede leerlo.
  • Una especie de préstamo se puede hacer con algunos libros, por tiempo limitado, pero sólo a un usuario especificado por el nombre a otro usuario del mismo sistema. No se puede regalar o vender.
  • Copiar el ebook es imposible por el software DRM instalado en el reproductor, y prohibido por la licencia, todavía más restrictiva que el copyright.
  • Amazon puede borrar remotamente un ebook usando una puerta trasera. Esta puerta trasera ya fue utilizada en 2009 por Amazon para eliminar miles de copias de “1984”, de George Orwell, por una violación de copyright.

Cada uno de estos puntos pone a los ebooks un paso por detrás de los libros impresos. Debemos rechazar los ebooks mientras no respeten nuestra libertad.

Las compañías de ebooks afirman que negar nuestras libertades es necesario para continuar pagando a los autores. El actual sistema de copyright hace un flaco favor a estos, está más pensado para favorecer a las empresas. Podemos apoyar a los autores de otras formas mejores que no requieren recortes en nuestra libertad, y además legalizarían el compartir archivos. Dos métodos que he propuesto son:

Los ebooks no necesitan atacar nuestras libertades, pero lo harán si las compañías así lo deciden. Está en nuestra mano detenerlas. La lucha ya ha empezado.

Copyright 2011 Richard Stallman

Released under Creative Commons Attribution Noderivs 3.0.

Traducción por Donato Rouco, el 5 de julio de 2011.

 

Cultura libre para el progreso humano

En una sociedad de consumo rápido, de usar y tirar, por desgracia las ideas caducan “rápidamente”. Hace unos meses las protestas contra la “Ley Sinde”, que prohíbe el compartir obras con copyright, y contra la SGAE, organismo gestor de derechos de autor que posee el monopolio del cobro a emisoras de radio y televisión, y el control de la mayor parte de las licencias privativas culturales en España, eran habituales. Pero fueron apareciendo otros temas que capitalizaron la atención de los medios, algunos trascendentales para el país como las reclamaciones de un cambio en el sistema democrático por parte del movimiento “democracia real ya” o las elecciones locales y autonómicas, otros impactantes como el debate sobre la energía nuclear generado por la crisis de Fukushima, los levantamientos en el norte de África y Oriente Medio o, en los últimos días, la tragedia de Lorca y las dudas sobre la calidad de la construcción en las zonas que más se expandieron durante el boom inmobiliario; y finalmente temas triviales pero que han llenado muchas páginas y han distraído la atención de la gente como la prohibición de fumar en todos los bares, la reducción del límite de velocidad en autopistas a 110 km/hora o una sucesión de encuentros entre Real Madrid y Barcelona que los panfletos de la prensa deportiva se encargaron de calentar. El caso es que esto ha enterrado el debate sobre dicha ley, sobre los métodos de la SGAE y sobre los derechos de los internautas; aunque yo siempre he pensado que el verdadero debate está en un derecho mucho más fundamental.

Por desgracia la mayor parte de los que se oponen a las restricciones a la libertad de distribución de cultura por la red lo hacen por motivos pragmáticos y egoístas: sólo les preocupa que no les cierren su página de descargas favoritas para no perderse la última temporada de “Cómo conocí a vuestra Madre” o de “Big Bang Theory”; pero somos menos los que nos preocupamos por cómo gobiernos y editores mercadean con nuestros derechos y nuestra libertad. Es necesario que el movimiento por la cultura libre haga llegar estos conceptos a la gente que se opone a estas leyes por esos otros motivos, dado que ellos son los que propician los argumentos descalificadores que utilizan los editores. Esta gente tiene que entender que el acceso a la cultura es un derecho, más allá de sus intereses egoístas. Las justificaciones del tipo “la industria debe aprender a ofrecer algo más para combatir la piratería” o “los autores pretenden vivir toda su vida de un éxito puntual” no son argumentos válidos, el verdadero argumento ha de ser: “Compartir la cultura no es un delito, el libre acceso a la misma es un derecho fundamental de todos los humanos”.

Porque se habla mucho de los derechos de autor en el discurso de los prohibicionistas, pero muy poco de los derechos del usuario. De hecho el término “derechos de autor” es una gran falacia, generalmente estos derechos están en manos de los editores, que dan al autor los huesos mientras ellos se comen el solomillo. Estas leyes se crearon originalmente para luchar contra el plagio y para evitar que los editores comercializaran obras sin permiso, pero a largo plazo se han convertido en un arma para proteger los intereses económicos de los editores, recortando además el derecho que todo ser humano debería tener a acceder libremente a la cultura.

No es que crea que no es ético pretender cobrar por un trabajo relacionado con la cultura, como algunos afirman, pero sí que es un crimen pretender arrebatarnos el libre acceso a esta. Música, cine, literatura, pintura, fotografía… todos deberíamos poder acceder a esto independientemente de nuestro nivel de ingresos, aunque parece que gobiernos, editores y gestoras de derechos de autor no creen eso, y siguen empeñados en asociar indisolublemente cultura y producto, algo que podía ser cierto hace un par de décadas, pero no ahora.

No, porque la posibilidad de convertir estas obras en flujos binarios de datos nos permite tanto disociar la obra del producto como acceder a ella desde la red. Esto no acaba con el negocio, como los editores y las gestoras de derechos de autor afirman, el producto sigue existiendo para venderlo en el mercado tradicional (proyecciones en cines, actuaciones en directo, ventas en formato físico..) y se crean nuevas posibilidades de mercado (donaciones como se hizo en su día con el software libre, emisión en streaming con publicidad…), si bien esto facilita la distribución directa entre el autor y el cliente, eliminando o cuanto menos restando importancia a la figura del editor.

¿Alguien se ha parado a pensar alguna vez qué habría pasado si los derechos de autor fueran un derecho natural inherente al ser humano?¿Si siempre hubieran existido?¿Cómo se habría desarrollado la historia si todo el mundo hubiera podido restringir el acceso a sus obras desde el nacimiento de la humanidad? El compartir ideas y el libre acceso a las mismas es esencial para el avance y el desarrollo de la raza humana. Compartir la cultura, compartir los conocimientos, debería ser un derecho inalienable de todo ser humano, derecho que nos quieren arrebatar mediante leyes restrictivas hechas a medida de la Fox, Disney, Warner o Sony, los grandes imperios americanos editoriales y del sector audiovisual. Los documentos de WikiLeaks ya llevaron al dominio público las presiones del gobierno estadounidense sobre los gobiernos europeos, con el objetivo de que estos aprobaran leyes como las suyas para prohibir el intercambio de contenidos por internet.

Aunque la vida de los derechos de autor varía según los países, en la mayoría se encuentra entre los 75 años para trabajos autoeditados y 95 para trabajos por encargo. Hasta no hace muchos años esto no era así, pero la llamada “Ley Sonny Bono” de 1998 amplió la duración de los derechos de autor en EEUU, quienes pronto impondrían su criterio al resto del planeta. Incluso, cuando se empezó a debatir esta ley, hubo quien propuso convertir los derechos de autor en imperecederos (el susodicho Sonny Bono y su viuda, de hecho). Ese mismo año se aprobó la peligrosa DMCA (Digital Millenium Copyright Act) que permitía, entre otras cosas, la inclusión de dispositivos anti copia en los formatos digitales y la creación, por parte de los editores, de sus propias condiciones de copyright, todavía más restrictivas que las ya marcadas por la ley. Tras esto, la Unión Europea comenzó a crear leyes de corte similar.

Por suerte, de momento disfrutamos de un arma para combatir el copyright: el copyleft. Aunque algunos editores y gestoras (la SGAE entre ellos, y con el amparo de la ministra Sinde, que dice ser socialista pero no se sonroja a la hora de bajar la cabeza frente a los patronos de las editoras) estén intentando ilegalizarlo en varios países. Su argumento es que “podría permitir la venta incontrolada de material con derechos autor”, otra de sus habituales mentiras, como cuando manipulan el lenguaje equiparando el compartir archivos con asaltar barcos en alta mar para saquearlos y asesinar a su tripulación (porque el término “piratería” no es más que eso, burda manipulación para dar un matiz negativo a algo que no lo es). Licencias como las de Creative Commons o la GNU/GPL nos permiten hacer nuestra obra libre, para que pueda ser accedida por todo el mundo, pero protegida contra prácticas indebidas (si no licenciamos nuestra obra cualquiera podría hacer una versión y sacarla de forma privativa, prohibiendo así cualquier nueva versión futura). Gente como Michael Moorcock, Lawrence Lessig o Richard Stallman ya nos han marcado el camino, ahora la pelota está en nuestras manos y la decisión es nuestra.

Piensa en un futuro donde toda la cultura del mundo pueda ser accedida libremente desde tu ordenador, donde todos los libros que se han escrito y escribirán, toda la música que se ha grabado, todas las películas que se han filmado, todas están a tu alcance, a un sólo click de distancia. Y piensa ahora en otro futuro donde toda esa cultura también está a sólo un click, pero previo pago a editores y gestoras mediante iTunes. La batalla que decidirá si vivimos en un futuro o en otro se está librando ahora y nosotros somos la infantería de la contienda, no olvidar esto y actuar en consecuencia, tener la convicción de que lo que está en juego es nuestra libertad frente a los privilegios de unos pocos, ha de ser la primera de nuestras armas.

La ciencia debe desechar el Copyright

Hoy no seré yo quién opine. Utilizaré mi espacio para reproducir un artículo de Richard Stallman publicado en el foro de la revista Nature en 1998. La traducción corre a cargo de Jaron Rowan, Diego Sanz Paratcha y Laura Trinidad. Para no violar el copyleft de la misma incluiré la siguiente cita:

Se permite la copia, de este artículo completo,en cualquier formato, mecánico o digital, siempre y cuando no se modifique el contenido de los textos, se respete su autoría y esta nota se mantenga.

LA CIENCIA DEBERÍA DESECHAR EL COPYRIGHT:

Debería ser un axioma que la literatura científica existe para divulgar el conocimiento científico, y que las revistas científicas existen para facilitar este proceso. Por consiguiente, las reglas de uso de la literatura científica deberían  diseñarse para ayudar a conseguir este objetivo.

Las reglas que tenemos ahora, conocidas como copyright, fueron establecidas en la era de la imprenta, un método intrínsecamente centralizado para la producción masiva de copias. En el contexto de la imprenta, el copyright sobre los artículos de publicaciones sólo restringía a los editores, obligándoles a obtener un permiso para publicar un artículo, y a los posibles plagiarios. Esto ayudó a que las revistas activaran y divulgaran el conocimiento sin interferir en el provechoso trabajo de los científicos o estudiantes, ya sea como escritores o como lectores de artículos. Estas reglas se adecuaban bien a dicho sistema.

La tecnología moderna para las publicaciones científicas es, sin embargo, Internet. ¿Qué reglas asegurarían mejor la divulgación de los artículos científicos y del conocimiento en la Red? Los artículos deberían de distribuirse en formatos no propietarios, de acceso abierto para todos. Y todos deberían de tener el derecho de reproducir los artículos, esto es, de reeditarlos íntegramente con su adecuada atribución. Estas reglas deberían aplicarse tanto a los artículos pasados como a los futuros, cuando se distribuyen en formato digital. Pero no hay ninguna necesidad crucial de cambiar el sistema de copyright actual aplicado a la edición impresa de revistas, porque el problema no afecta a ese dominio.

Por desgracia, parece que no todo el mundo está de acuerdo con los axiomas que encabezan este artículo. Muchos editores de revistas parecen creer que el propósito de la literatura científica es permitirles editar revistas para cobrar suscripciones de científicos y estudiantes. Esta forma de pensar se conoce como «confundir los medios con los
fines».

Su proceder ha consistido en restringir el acceso a la lectura de literatura científica, incluso a aquellos que pueden pagar y que pagarán por ello. Usan la legislación de copyright, todavía vigente a pesar de su inadecuación a las redes informáticas, como una excusa para detener a los científicos en la selección de nuevas reglas.

En nombre de la cooperación científica y del futuro de la humanidad, debemos rechazar tal enfoque desde su raíz —no sólo los sistemas restrictivos que se han establecido, sino las prioridades equivocadas que los inspiraron.

Los editores de revistas a veces argumentan que el acceso on line requiere servidores caros de alta capacidad y que deben cobrar tarifas de acceso para pagar estos servidores. Este «problema» es una consecuencia de su propia «solución». Concede a todo el mundo la libertad de autoeditar, y las bibliotecas en todo el mundo montarán páginas de libre publicación para responder a la demanda. Esta solución descentralizada reducirá las necesidades de ancho de banda de la red y proveerá un acceso más rápido, a la vez que se protege la documentación académica contra pérdidas accidentales.
Los editores también sostienen que pagar a los encargados de la página obliga a cobrar por el acceso. Aceptemos la suposición de que los encargados deben ser pagados; para este viaje no hacen falta alforjas. El coste de la edición de un revista normal está entre el uno y el tres por ciento del coste de financiar la investigación para producirla.
Un porcentaje tan pequeño difícilmente puede justificar que se obstaculice el uso de los resultados.

En su lugar, el coste de la edición puede cubrirse, por ejemplo, cobrando a los autores por publicar en la página, y estos pueden traspasar estos pagos a los patrocinadores de su investigación. A los patrocinadores no les debería de importar, dado que ya pagan por la publicación de una forma más molesta, a través de las tarifas astronómicas que
abonan para que la biblioteca universitaria se suscriba a la revista. Mediante el cambio de modelo económico para que los patrocinadores de la investigación cubran los costes de la edición, podemos eliminar la necesidad aparente de restringir el acceso. El autor fortuito que no pertenece a ninguna institución o empresa, y que no tiene patrocinador,
podría estar exento de estos pagos, con los costos derivados a los autores patrocinados.

Otra justificación para las tarifas de acceso a las publicaciones de Internet es que pueden financiar la reconversión de los archivos impresos de un revista a un formato on line. Este trabajo tiene que hacerse, pero deberíamos buscar formas  alternativas de financiarlo que no supongan obstruir el acceso a los resultados. El trabajo en sí mismo no será más difícil ni costará más. Digitalizar los archivos y malgastar los resultados por restringir el acceso a ellos es algo autodestructivo.
La Constitución de los EE.UU. dice que el copyright existe «para promover el progreso de la ciencia». Cuando el  copyright impide el progreso de la ciencia, la ciencia debe desechar el copyright.

Este y muchos otros artículos de Stallman pueden econtrarse en «Software Libre para una sociedad libre«, disponible en formato pdf en ese enlace.