Los discos que nos hicieron pensar que en los 90 no estaba todo perdido

El heavy metal comenzó a gestarse entre las bandas de blues más pesado en EEUU y el Reino Unido a finales de los 60, sobre todo de la mano de Black Sabbath, pero desde luego otras bandas como Led Zeppelin, Deep Purple, Steppenwolf, Blue Cheer, Grand Funk Railroad, Hawkwind o Uriah Heep, ejercieron un magisterio importante. Luego otra banda de Birmingham, Judas Priest, redefinieron el estilo musical hacia ritmos más veloces y riffs más afilados a dos guitarras. Eran los 70, y otras bandas como Rainbow, UFO, AC/DC, Thin Lizzy, Kiss, BTO, Van Halen, Triumph, Scorpions o Motorhead iban surgiendo y haciéndose hueco con su rock enérgico y duro, que iba definiendo los elementos que conformarían el heavy metal de los 80.

De la primera mitad de los 80 poco se puede decir que no se haya dicho ya, seguramente la más prolífica de este estilo, con la NWOBHM en el Reino Unido y con una enorme actividad en diversas zonas de EEUU (Florida, New York, California y Texas principalmente), Canadá o Alemania. Ozzy Osbourne se lanza en solitario, igual que Dio tras su impresionante paso por Black Sabbath, bandas nacidas a finales 70 dan el salto al primer nivel como Saxon, Iron Maiden, Accept, Quiet Riot, Twisted Sister, Diamond Head, Riot o Y&T, y aparecen otras como Metallica, Manowar, Overkill, Savatage, Dokken, Warlock, Running Wild, Megadeth… La senda de virtuosismo iniciada por Eddie Van Halen es llevada un paso más adelante sobre todo por Randy Rhoads e Yngwie Malmsteen. Incluso en países sin tradición rockera como España, Francia u Holanda surgen bandas de bastante calidad.

Tras el hervidero de esta primera mitad la cosa empieza a decaer. En la segunda mitad de la década la MTV impone una dirección más melódica y de pelos cardados. En Alemania hay un boom del speed metal, pero no acaba de encontrar repercusión fuera de los medios especializados.

Los 90 no acaban de empezar mal del todo. Pantera, una banda de US metal del montón, deciden cambiar, plagiar el sonido de Exhorder y consiguen un par de discos bastante decentes, y algunas bandas siguen sacando material de calidad.

Pero Metallica se pasan a la radiofórmula de la mano de Bob Rock con su disco homónimo de portada negra (¿un guiño a Spinal Tap? ¿una vuelta de tuerca al concepto de los Beatles/ Diamond Head?). Y desgraciadamente aparecen Nirvana, RATM y los Guns’N’Roses monopolizando la presencia mediática. Más adelante Bruce Dickinson dejará Iron Maiden y Rob Halford los Judas, provocando una brutal caída de la popularidad de estas bandas. A mediados de la década el nü metal aparece en EEUU, mientras que en Europa el pastel se lo reparten bandas finlandesas, alemanas e italianas sobreproducidas, abusando de letras y melodías de patio de colegio recargadas con bombos de maquinillo y orquestas midi sampleadas.

Entre todo este desolador panorama (que duró casi hasta la mitad de la primera década del siglo XXI) hubo varios discos gloriosos. Yo he decidido rescatar aquí el recuerdo de los cinco que más me gustan, los cinco discos que en los 90 nos hicieron pensar que no estaba todo perdido.

Painkiller

1.-Painkiller (Judas Priest): En cierto sentido tengo una relación amor-odio con este disco. Odio porque me parece que fue, junto con el “…And Justice for All” de Metallica, el responsable de la desaparición del bajo en los discos de metal. Amor por múltiples y evidentes motivos para todo aquel que lo ha escuchado: desde el sólo de batería inicial, que da paso al tema título Painkiller, hasta el épico cierre con One shot at glory recibimos temazo tras temazo: Nightcrawler, Hell Patrol, Between the Hammer and the Anvil, Leather Rebel, Touch of Evil, Metal Meltdown… Halford estaba como nunca, la pareja Tipton/Downing estaban como siempre, el recién llegado Scott Travis daba una lección de precisión y pegada tras los parches y gran damnificado era Ian Hill, viendo su bajo relegado a mero empaste entre bombo y riffs. La producción corrió a cargo del mítico Chris Tsangarides, que ya había formado parte del “parto” del seminal “Sad Wings of destiny” en los 70, y el heavy metal posterior se vería marcadísimo por este album (que se lo pregunten a Ralph Scheepers).

Nightbreaker

2.- Nightbreaker (Riot): En 1994 hacer una rendición al sonido Rainbow parecía un suicidio comercial. De hecho lo era, y este trabajo de los veteranos neoyorkinos no logró apenas repercusión, excepto en Japón donde las bandas de sonido blackmoriano siempre son bien recibidas. El señor Reale, uno de los guitarristas más talentosos e infravalorados del heavy metal, se marcaba un trabajo impresionante en este album apoyado por un Mike DiMeo, también un vocalista injustamente olvidado, impecable. Dejaban claras sus influencias versionando el Burn de Deep Purple, y se macaban temazos como la final Babylon, la incial y poderosa Soldier, la épica Nightbreaker, Magic Maker o Destiny. Riot jamás han logrado la fama o el éxito comercial, pero al menos pueden estar orgullosos de no haber renunciado nunca a sus principios y a su honestidad.

Stranger in Us All

3.- Stranger in Us All (Rainbow): Corría 1995 y Richie Blackmore nos regalaba su último disco de rock. Luego se casaría con Candice Night, montarían Blackmore’s Night y se dedicarían a girar por teatros y ferias medievales de toda Europa, grabando discos de música de clara inspiración renacentista. Pero antes de eso, el hombre de negro tuvo la decencia de regalarnos una última entrega de los Rainbow. Esta vez con un Doogie White como vocalista que, según se cuenta, rechazó una oferta de los Maiden para unirse a esta reencarnación del arcoiris blackmoriano (lo que llevaría a la entrada de Blaze Bailey en Maiden), lleva a la banda a un sonido híbrido entre el rock más melódico y comercial de la etapa Turner con el sonido más barroco y mágico de la era Dio. El disco se abre con una enérgica Wolf to the Moon, y tiene como momentos álgidos la extraña Hunting Humans (Insatiable), las barrocas Ariel y Black Masquerade (las más cercanas al sonido de la era Dio), el homenaje a Grieg en Hall of the Mountain King o una nueva versión del Still I’m Sad (la tercera que grababan los Rainbow, y las tres son distintas) de los Yardbirds. Blackmore dejaba el rock and roll por la puerta principal, y aunque algunos deseamos que regrese no se puede negar que es una despedida inmejorable.

Countdown to Extintion

4.- Countdown to Extintion (Megadeth): Entre Metallica y Megadeth siempre había existido un pique, una brutal competencia, por toda la historia común entre los primeros y Dave Mustaine, que se había pasado toda la vida resentido por su expulsión. En 1992 Metallica ya habían dejado claro que pasaban de los cuatro peludos que les habían aupado a la fama, pasándose descaradamente a un sonido más asequible. Y esta fue la respuesta de Megadeth, un disco que también se alejaba del thrash clásico, pero que al menos no se lanzaba en manos de la comercialidad más evidente, sino que nos sorprendían con un sonido más heavy, más clásico y melódico, pero no por ello especialmente asequible. La creatividad y los conocimientos musicales de Marty Friedman permitían una evolución hacia sonidos y estructuras poco habituales en bandas de metal, mientras que la capacidad de Mustaine para escribir riffs le daba el punto más heavy y pegadizo. Los cinco primeros temas del disco son una brutal patada en la cara: Skin O’ My Teeth, la adictiva Symphony of Destruction, Architecture of Agression, la preciosa e intensa balada Foreclosure of a Dream y las influencias del swing vertidas en Sweating Bullets… insuperable. A partir de ahí la cosa baja un poco, pero nos podemos encontrar grandes temas (aunque no tan conocidos) como Countdown to Extintion, High Speed Dirt o la final Ashes in my Mouth. Tal vez MegaDave no haya vendido tanto como sus antiguos compañeros, pero él al menos puede mirarse al espejo sin pensar “¿que he hecho?”.

5.- Purpendicular (Deep Purple): Cuando todo el mundo daba por enterrados a los grandes dinosaurios británicos, cuando nadie apostaba por el sonido Purple, cuando no se daba un duro por unos de los grandes de los 70, cuando se decía que sin Richie Blackmore aquello no podía ir a ningún lado, cuando se les acusaba de intentar seguir en un mercado que les había dejado atrás, cuando su trayectoria en los 80 y primeros 90 no sembraba más que dudas… en ese momento unos Purple que estrenaban guitarrista, el virtuoso Steve Morse (Kansas, The Dixie Dreggs) le callaron la boca a todo el mundo. Con un Gillan con una voz irreconocible por sus excesos con el alcohol en el pasado, pero con la tripleta Lord/Glover/Page con más peso que nunca dada la ausencia de Richie Blackmore y con todo el talento de Morse a su servicio los Purple nos sorprendían con uno de los discos de rock más elegantes de la década, donde el blues, el country, el honky tonk, el jazz o el funky se dan la mano con el rock duro para regalarnos temazos como Rosa’s Cantina, Ted The Mechanic, Hey Cisco o Sometime’s I Feel Like Screaming que ponían a Deep Purple de nuevo en la primera plana del rock en los 90. Un “zas en toda la boca” a aquellos que querían enterrarlos prematuramente. No era Deep Purple en estado puro, todo lo contrario, eran unos nuevos Purple que recogían no sólo su sonido pasado sino también el de todo lo que habían escuchado con los años para regalarnos el disco que les catapultaba al siglo XXI.

Y me dejo en el tintero muchos discazos, la verdad: Knights of the Cross y Excalibur de Grave Digger, Masquerade y Rivalry de Running Wild, Facing the Animal de Yngwie Malmsteen, Nive Lives de Aerosmith, Revenge de Kiss, Objection Overruled de Accept, Imaginations from the Other Side de Blind Guardian, Vulgar display of Power de Pantera, Kingdom of XII de Molly Hatchet, No More Tears de Ozzy, Ballbreaker de AC/DC… Los discos que nos hicieron pensar que en los 90 no estaba todo perdido.

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